sábado, 11 de agosto de 2018

El falso debate sobre el aborto


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

En el Perú el aborto es legal solo en casos de riesgo materno, aunque en la práctica podemos decir que está totalmente despenalizado, ya que es un acto cotidiano y casi público en el ámbito privado. Pero el debate siempre está presente. Lo curioso de este asunto es que hay dos posturas tan divergentes que parecen estar encarando problemas diferentes. Los que están a favor de su despenalización, se centran concretamente en la mujer, mientras que quienes están en contra, desvían el tema a “la vida”, en abstracto, o al “no nacido” en el imaginario; es decir, no es que se opongan a la despenalización sino al aborto en concreto y parecen confundir una cosa con la otra. Esto significa que intentan decidir por todas las mujeres. A partir de estas posturas tan divergentes no es posible ningún debate porque cada uno ve diferentes problemas y tiene distintas prioridades. Cabe notar que en los últimos tiempos, el sector “pro vida”, respondiendo a las críticas ha incorporando a la mujer en sus últimas consignas con el lema “salvemos las dos vidas”. Esto es nuevo.

Lo primero que cabría determinar en este tema es de qué trata el aborto en tanto problema social y qué ha resuelto su prolongada penalización. Ese es el asunto y no otro. Y es que el problema surge porque las mujeres abortan y la penalización solo ha impedido poder intervenir en esos casos, además de encarecer el acto médico, o dar cabida a los aborteros clandestinos. La despenalización trata de abrir los ojos ante esa realidad y abordarla. Por su parte, los opositores tienen su propio tema y hacen de “la vida” el problema, desviando el debate hacia la consecuencia inevitable del aborto que es la interrupción del embarazo con la pérdida del embrión. Pero ese es otro tema. No es el problema sino la consecuencia del problema. Y no podemos abordar el problema si nos ocupamos de otro tema que es su derivada. 

La defensa del "la vida" se sustenta en visiones morales y religiosas que pueden resultar muy emotivas y válidas, pero que no encaran el problema primario y central del aborto cotidiano. Tan solo se limitan a condenarlo y estigmatizar a todo aquel que esté a favor de su despenalización. A decir verdad, la argumentación “pro vida” es una ensalada retórica que mezcla fundamentos científicos, teológicos, filosóficos, morales, jurídicos y hasta cursis, que acaban por confundir todos los temas, haciendo del debate un embrollo total, sin ocuparse finalmente del problema real. Además de apelar a una andanada de falacias, mentiras abiertas y veladas, así como difamación y terrorismo gráfico, asumiendo su causa con intensa pasión y fanatismo religioso.

Es importante tomar en cuenta que penalizar el aborto no ha resuelto nada en ninguna parte y, peor aún, ha empeorado las cosas para la mujer, su familia y la comunidad. Esto es un hecho irrefutable. Entonces caben dos posibilidades: mantenemos la situación precaria actual haciendo la vista gorda, o lo encaramos para buscar formas de ayudar a la mujer, lo que implica despenalizar el aborto, como primer paso. Esto, obviamente, no significa “promover el aborto”, como ridículamente acusan los “pro vida”. El aborto no es algo que se pueda promover como si fuera una moda. El aborto es una decisión difícil que se toma en la intimidad y, generalmente, en la soledad y la desesperación. A nadie le gusta el aborto y nadie puede promoverlo.

Lamentablemente la Iglesia Católica ha tomado partido en el tema, junto a otros sectores cristianos aun más fanáticos, sacando a relucir su rancio y tradicional machismo histórico que invisibiliza a la mujer, postergándola socialmente a una función meramente reproductora, sin concederle autoridad, autonomía, ni voz ni voto, ni siquiera en cuanto a su propia vida y cuerpo concierne. Desde esta visión, la mujer está condenada a parir sin alternativa ni derecho alguno, y sin opción de apelar a consideración de ninguna clase. Afirman que la mujer no tiene derecho a decidir sobre "la vida" que lleva adentro. A pesar de que está dentro del cuerpo de la mujer, y que para todos los efectos prácticos es parte del cuerpo de la mujer, se insiste en considerar "la vida" como algo extraño, ajeno e independiente de la mujer. De este modo una vida potencial pesa más y es más valorada que la vida de una mujer que es una persona real; así resulta que un embrión tiene más derechos que una mujer. 

Esta postura es muy cuestionable y, ni aun apelando al extremismo fanático de concederle al embrión categoría de "persona humana", tiene asidero como tesis racional. Las argumentaciones "pro vida" son de este tipo: estiran la lógica y acuden a las apariencias para usarlas como parte de una realidad figurada, hasta que esa ficción sustentada nada más que en la retórica pura termina suplantando a la realidad. Es curioso ver a tanta gente defendiendo seres imaginarios mientras ignoran a la mujer que es un ser de carne y hueso, o defendiendo dogmas y principios de vida en abstracto, mientras desprecian la condición de la mujer en este mundo.

La postergación histórica de la mujer en nuestra cultura cristiana es un problema real, que golpea a las mujeres más pobres, especialmente niñas y adolescentes, condenándolas a la miseria o la muerte. Las sociedades se degradan aun más por la imposibilidad de la asistencia social. Las prohibiciones no han funcionado en ninguna parte en ningún campo. Al contrario, son contraproducentes, es decir, tienen efectos adversos. La prohibición del alcohol, las drogas o las armas nunca dieron resultados positivos, solo empeoraron las cosas. ¿Por qué insistir por ese camino? Lo único que explica insistir en un error es la ceguera ante la realidad y el fanatismo principista, ese que lleva al suicidio o el crimen por defender una causa que se cree mandato divino, haciendo oídos sordos a todos los argumentos racionales y cerrando los ojos a la realidad.

Colocar a “la vida” como tema de debate es una estratagema burda para trasladar el foco de atención hacia otra cosa que no sea la mujer. La vida es un continuum que se inició hace 3,500 millones de años y se mantiene a través de los organismos que sirven como vehículo para prolongarla. No necesita que nadie la defienda. Tampoco es cierto que la vida se inicie en la concepción como un milagro, pues tanto el óvulo como el espermatozoide son células vivas. Carece entonces de sentido preguntarse ¿cuándo empieza la vida? En la concepción se inicia la formación de un nuevo individuo, pero esto es algo que se va construyendo a lo largo de todo un proceso muy prolongado que atraviesa varias etapas; no es una constante binaria que aparece en un instante, como nos lo quieren presentar. Todo ese andamiaje científico para demostrar que el concebido tiene un ADN diferente es un recurso efectista para encandilar al auditorio, dejando fuera de debate el verdadero problema que son las mujeres en riesgo, las niñas violadas y luego obligadas a parir sin alternativa, o abandonadas en la indiferencia y el olvido, para dejarlas abortar en la clandestinidad y sobrevivir en la miseria. Sería muy extenso y extenuante rebatir cada una de las falacias que sostienen los “pro vida” en su enrevesada y extensa perorata contra el aborto y la mujer.

Otro truco "pro vida" es convertir al “concebido”, es decir, al huevo fertilizado, al glomérulo o al embrión, en un “ser humano” lleno de derechos. Este ya no es un debate científico sino ideológico y jurídico. La ciencia solo se ocupa de la vida, no de los seres o las personas, y menos de los derechos. Pero este argumento es presentado falsamente como “ciencia irrefutable”. Se trata de una falacia que mezcla todo confundiendo adrede lo que es vida con ser humano y con derechos. La ensalada conceptual “pro vida” mezcla biología, filosofía y derecho en una sola frase. Ninguna ciencia se ocupa del “ser humano”. El ser es más bien un concepto filosófico, así como sujeto es un constructo psicológico; pero en ambos casos implica la presencia de cultura, conciencia y circunstancia. Es imposible hablar de ser humano sin esos elementos. Cuando se quiere honestamente llegar a la verdad, lo mejor en un debate es despejar las variables extrañas, ajenas e inútiles, desbrozar el escenario para ver la realidad limpia y objetivamente. Pero cuando lo que se quiere es enredar el debate para no llegar a nada, la treta es inventar conceptos, apelar a sofismas, falacias y figuras retóricas, y sobre todo, apelar a las emociones y la sensibilidad. Esa es la estrategia "pro vida". Por eso llegan incluso a hablar del "inocente niño" en medio de un debate sobre el aborto.

De acuerdo a la visión “pro vida” todo embarazo, cualquiera sea su causa, edad y salud de la mujer o circunstancia social, tiene que llegar a su término porque solo importa el “niño por nacer”. La mujer tiene que parir sin atenuantes, sin importar el origen de esa concepción o su voluntad, las condiciones o los riesgos. Solo importa “el niño por nacer”. Esta no es pues una postura realista y racional sino ideológica y fanática, que hace a un lado a la mujer, la ignora, la reduce al nivel de un mero cascarón, un ser utilitario, sin derecho alguno sobre lo que ocurre en su propio cuerpo, sin poder decidir sobre su destino y existencia como mujer y persona, para la satisfacción de una cofradía de fe que dice defender “la vida” por “mandato divino”. Lo cierto es que no se puede hacer a un lado a la mujer ni pasar por sobre ella en cuanto a lo que ocurre con ella, dentro de ella y con su vida y destino personal. Nos guste o no, es la mujer la única que tiene la libertad y el derecho para decidir. Nadie más.

Mientras el debate del aborto gira sobre tópicos insulsos que recorren campos teológicos, filosóficos y jurídicos, apelando a la retórica y la cursilería, el problema del aborto sigue presente, las mujeres siguen abortando todos los días en la informalidad, arriesgando su salud y hasta sus vidas. O lo que es peor, niñas y adolescentes violadas siguen dando a luz o abortando en la más absoluta precariedad y clandestinidad por temor a un acto penalizado. Y porque está penalizado nadie puede hacer nada para intervenir en toda esta cadena de hechos lamentables. ¿Qué resuelve la penalización? Nada.

Obligar a las mujeres a convertirse en madres aunque no quieran o no puedan, no resuelve nada. Al contrario, solo empeora sus dramáticas condiciones de hacinamiento y promiscuidad. Tampoco resuelve el problema de niñas y adolescentes violadas por padres, padrastros, tíos, hermanos, curas, maestros y toda clase de criminales sexuales. Peor aún: al final de toda esta vil cadena de infamias están los fanáticos "pro vida" que consuman la ignominia haciéndolas parir contra su voluntad “en defensa de la vida”. Enfocarse en “la vida del niño por nacer” suena muy cursi, pero es hacer a un lado la realidad para preferir la fantasía y el dogma. 

Penalizar el aborto no significa evitar los abortos, como ya se ha comprobado. Es decir, es una medida inútil e inefectiva. Aunque esté penalizado, abortar es una práctica cotidiana y hasta sencilla para las mujeres con solvencia económica. Solo van a un consultorio, y así como entraron caminando, salen caminando sin que nadie sepa lo que pasó. Penalizar el aborto solo significa poner en riesgo a las mujeres pobres, y eludir el problema social de las niñas violadas. Eso es todo lo que significa. No es para nada evitar los abortos porque ninguna ley o doctrina tiene el poder para cambiar la voluntad de una mujer sola en su intimidad y en el abandono ante un futuro incierto. ¿Quién tiene tremenda potestad para decidir por todas las mujeres? Nadie. Ni siquiera la Iglesia y toda su cofradía. Despenalizar el aborto, en cambio, significa poder proporcionar ayuda a las mujeres y poder actuar en el tema. Con penalización o sin ella la decisión del aborto siempre estará en manos de las propias mujeres. Nadie va a poder cambiar eso. Pero con la despenalización podrán intervenir los médicos y todo el sistema de salud para ayudar, intervenir, resolver y abordar el problema. ¿Es eso malo?