sábado, 19 de julio de 2014

Velasco Alvarado y la izquierda en la decadencia peruana


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez


Al cabo de casi 40 años del fin de su gobierno, que fue llamado oficialmente "el gobierno revolucionario de la Fuerza Armada", Juan Velasco Alvarado sigue siendo objeto de conmemoración en el Perú. Su recuerdo no es nada grato para la población que padeció aquellos acalorados días de libertades recortadas y fiebre estatista, cuando la vida era muy similar a lo que hoy pasa la Venezuela chavista. Entonces el Perú estaba cubierto de consignas en pancartas y banderolas, himnos e íconos políticos, y se vivía en medio de la constante agitación social, confrontaciones entre diversos sectores gremiales, largas colas para comprar los productos básicos que escaseaban y con todos los medios capturados por el gobierno dedicados a hacer propaganda al régimen, mientras el país rodaba cuesta abajo. Sin embargo, aun hay un reducido sector que sigue celebrando la memoria de Velasco Alvarado: un diario casi clandestino le dedica todos los días su portada, grupos en Facebook publican la imagen del dictador con alabanzas, y el propio presidente Ollanta Humala, declarado admirador del general, lo evoca en sus discursos tratando de copiar sus poses nacionalistas. Eventualmente se desata en los medios y en las redes el debate en torno al significado final del general Velasco en la historia nacional. Siempre es un debate encendido que lleva a unos a magnificar los nobles ideales del velasquismo soslayando cómodamente sus fracasos y, por el otro, a señalar con frialdad los resultados contundentes del desastre que produjo. Vale la pena echar una mirada a esa época.

Para un sector de la izquierda Velasco Alvarado se ha convertido en emblema de sus aspiraciones políticas. El solo hecho de haber realizado cambios radicales tratando de transformar las estructuras sociales por decreto, lo convierte en símbolo de una izquierda siempre anhelante de transformaciones, ansiosa por cambiar el mundo según sus planos celestiales y sus conceptos de justicia social. La historia de la izquierda en todas sus variantes ha sido siempre la misma: obsesión por los cambios y reformas políticas con nobles ideales pero desastres y miseria en los hechos, incluyendo devastadores genocidios que es mejor no recordar. El gobierno del general Juan Velasco Alvarado de 1968-1975 tuvo un abierto sesgo de izquierda y fue sin duda un factor importante para que la violencia de los grupos de izquierda se postergara por casi una década en el Perú, hasta fechas muy posteriores al resto de la región. Sin duda el velascato fue la antesala de la peor época de la historia peruana, signada por la violencia política de los 80, la crisis económica iniciada en 1972 y que se agravó sin remedio por la inacción de los gobiernos posteriores, hasta el colapso final de 1990. La debacle nacional provocada por las apresuradas reformas de Velasco, guiadas por la ideología más que por la realidad, nos llevó a una profunda crisis en diversos aspectos, incrementando la pobreza y la recesión, lo cual generó a su vez las migraciones tanto del campo a la ciudad como de los peruanos al extranjero. Nunca en toda nuestra historia emigraron tantos peruanos como en las décadas de los 70 y 80, desesperados por la falta de futuro en su patria. 

Si bien en los años 90 logramos derrotar al terrorismo y recuperarnos de la crisis económica girando el timón en 180 grados, es decir, reimplantando la racionalidad y la cordura en la política, reduciendo el tamaño y el rol del Estado para otorgarle primacía al mercado y la realidad, quedaron muchas otras secuelas en la sociedad peruana que los gobiernos no lograron curar. Y es que se puede modificar rápidamente la estructura del Estado, deshacerse de empresas públicas quebradas y respetar a los agentes económicos estableciendo nuevas reglas de juego, pero lo que no se pudo hacer tan rápido ni fácilmente fue recuperar los tejidos sociales destruidos por el plan de ingeniería social desarrollado por el velascato, mediante la constante prédica política a través de medios confiscados, así como el accionar de los agentes de izquierda en organismos públicos, comités barriales y sindicatos. Peor aun, luego de la dictadura ni siquiera se intentaron restablecer los valores democráticos, sociales y culturales previos. Durante veinte años el Perú vivió sumergido en ideas e instituciones estandarizadas que la izquierda importó con su "ciencia social". Las estructuras sociales fundadas en añejas instituciones naturales que sustentaban nuestra idea de nación y nuestra identidad, que involucraban valores, usos y costumbres, formas de interrelación, respeto por nuestras autoridades y sus símbolos, sus tradiciones y, en general, el modelo de sociedad y de existencia que los peruanos habían edificado durante toda la República fue destruido por el gobierno de Velasco y sus asesores de izquierda, fundados básicamente en el odio al éxito empresarial, el trauma histórico, el resentimiento social contra "la oligarquía" -signada como la bestia negra a combatir- y orientados por la ideología antimperialista que era el cliché de la época. Las transformaciones sociales del velascato se inspiraron en el modelo comunista aunque predicaban un no alineamiento retórico. Lo cierto es que el Perú fue otra víctima de la ola mundial del comunismo,  y el encargado de imponerlo fue Velasco Alvarado.

Las reformas de Velasco fueron excesivamente ambiciosas y, por tanto, delirantes; al extremo que no hubo casi un aspecto de la vida social que no resultara afectado por el régimen. El mensaje diario del gobierno militar se centraba en una misma frase: "transformaciones profundas". Las ansias reformistas traspasaron la esfera del Estado y la economía para llegar a la escuela, al deporte, al hogar y a la mente del individuo. Fue una auténtica "revolución cultural" que pretendía transformar la mentalidad de las personas creando un "nuevo hombre peruano" a partir del cuestionamiento de todo lo existente, empezando por lo que llamaban el "orden tradicional", "la estructura de poder" o la "jerarquía de dominación social". La tesis era que vivíamos en una sociedad diseñada para favorecer a unos a costa de otros, estábamos manipulados por oscuros y misteriosos poderes fácticos que nos imponían una forma de pensar, hábitos y costumbres para perpetuar su poder y privilegiar sus intereses. Todo eso debía ser aniquilado y cambiado de raíz para crear un nuevo mundo más justo. Por tanto la revolución suponía la destrucción de todo lo existente, la eliminación de la burguesía vista como los enemigos de clase y traidores a la patria, es decir de toda la clase empresarial y terrateniente. Esto era simple. Bastaban miles de confiscaciones. Pero eso no era todo.

A diferencia de cualquier partido político que aspira al poder para crear y administrar bienes y servicios comunes para la población, el socialismo buscaba el poder para transformar el mundo. Combatía a un enemigo idealizado y proponía un nuevo modelo desconocido de sociedad. La realidad era dejada de lado para prestar atención a la doctrina. No era necesario atender la realidad pues la explicación del mundo y sus problemas -así como las soluciones- estaban escritos en textos sagrados. Estos llegaban en panfletos y se repartían como pan en las universidades con la etiqueta de "ciencia social". El comunismo había inventado la explicación total, la solución definitiva y el pensamiento único y verdadero. Como todo pensamiento sectario, el comunismo señalaba a un "enemigo de clase" al que había que odiar y destruir, no porque nos hubiera hecho algún daño directo sino porque eran lo que eran: capitalistas. La izquierda afirmaba tener la ciencia de su parte y, por tanto, los demás no solo estaban inevitablemente equivocados sino en pecado mortal, por tanto eran acusados de traidores, vendepatrias, lacayos del imperialismo, agentes de la CIA.

La izquierda luchaba contra una imaginaria "estructura de dominación" la cual buscaba destruir para imponer su ilusoria "justicia social". Tal estructura tenía además una "ideología de dominación" que también debía ser eliminada de las mentes con un intensivo adoctrinamiento que se iniciaba en la niñez. En realidad ellos eran los únicos que tenían una ideología. Nunca hubo en el mundo ninguna ideología que manejara la existencia humana sino hasta que el socialismo empezó a aplicar la suya. En medio de ese delirio ideológico para luchar contra los poderes invisibles, el gobierno de Velasco le declaró la guerra a todo, desde la historia hasta las ideas y creencias vigentes, también a los partidos políticos llamados "tradicionales", así como a las demás instituciones "tradicionales". Todos los valores tradicionales debían ser eliminados pues habían sido impuestos por el imperio norteamericano colonialista y decadente. Lo tradicional y anterior pasó a ser sinónimo de malo, y lo nuevo se convirtió en lo bueno. Y todo lo nuevo venía con el sello de "revolucionario". El Estado fue declarado antimperialista, anticolonialista y nacionalista. Es decir, en lugar de Constitución el Estado tenía una ideología y señalaba a unos enemigos de la patria, enemigos externos e internos, no porque amenazaran la paz sino porque la doctrina política de odio social lo requería. El pueblo debía unirse para luchar contra los enemigos de la patria: el colonialismo norteamericano y sus transnacionales, así como los grupos de poder oligárquico. Cada golpe contra la oligarquía (típicamente una confiscación) era celebrada como un triunfo de la patria. El pueblo tenía una misión: odiar y derrotar al enemigo. Había que unirse en torno al gobierno salvador de la patria. Nadie notaba que esa forma de "salvación" era más bien una destrucción de la patria.

Desde luego que Velasco también puso en la mira a la Iglesia, aunque cierta familiaridad con el cardenal y el apoyo de un sector de la Iglesia a la revolución redujo las fricciones. La construcción del "nuevo hombre peruano" se planteaba como la mayor aspiración de la revolución, sin nada que envidiar a otras revoluciones comunistas de iguales objetivos. De esa lucha frontal contra la dominación ideológica del imperio no se salvó ni la Navidad. Se cuestionó el uso del árbol de Navidad y la imagen de Santa Claus. Tampoco se salvaron los superhéroes. Supermán fue combatido por ser un símbolo evidente del poder del imperio norteamericano. Hasta el ratón Mickey acabó proscrito. Había que salvar la mente de los niños, por lo que ciertos programas infantiles de la TV fueron vetados.

En medio de esa guerra ideológica se combatieron los "mensajes ocultos" de la publicidad de Coca Cola, obligándolos a eliminar la frase "toma Coca Cola" porque escondía un "mensaje subliminal". La limpieza cultural afectó incluso al himno nacional cuya primera estrofa fue censurada por derrotista. En su lugar se ordenó cantar la última estrofa y con la mano derecha sobre el pecho, mientras se alentaba un patriotismo chauvinista. Se decretó entonar el himno en momentos específicos, las emisoras de radio y TV debían propalar el himno nacional 3 veces al día, y una vez el Himno de la Revolución que, dicho sea de paso, era tan motivante como La Marsellesa. Ni las calles se salvaron. Se cambiaron de nombre las avenidas que tuvieran nombre de algún norteamericano como Pershing o Wilson. En suma, para no cansar, porque podríamos llenar páginas con los delirios reformistas del velascato, lo concreto es que la revolución de Velasco fue la época más delirante de la historia. La vida se llenó de consignas, himnos, iconos, símbolos y el gobierno se iba apoderando de todo lentamente: la prensa, la radio, la TV, las empresas, los supermercados, etc. Por todos lados aparecían marcas que llevaban el nombre de Perú: Aeroperú, Petroperú, Enturperú, Siderperú, Mineroperú, Pescaperú, Entelperú, etc. 

Queda claro pues que la revolución velasquista no fue solo una especie de socialismo del siglo XXI. Fue mucho más que eso. No se centró tan solo en el aspecto económico estatizando tierras, haciendas, medios y empresas. Tampoco se interesó demasiado en implantar una estructura partidaria que garantice su poder y la legitime formalmente. La revolución velasquista se concentró muy seriamente en la tarea de transformar la cultura nacional, en crear una sociedad diferente con nuevos valores a partir del descarte y repudio de todo el pasado. La retórica de condena al pasado incluía a la "democracia tradicional" y a los "partidos políticos tradicionales" que fueron responsabilizados por el subdesarrollo de la nación, se les acusó de "entreguistas" por haber firmado contratos con las compañías transnacionales que explotaban nuestros recursos. Se trataba de un auténtico lavado cerebral, un experimento de ingeniería social tan común en esos tiempos en el mundo comunista. Por ello se desplegó una amplia propaganda ideológica que no descuidó ningún medio. De hecho se le dedicó especial atención a la educación creando el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Educativo -INIDE- donde se fabricaban los textos de reeducación para los maestros y estudiantes. La tarea de transformación mental había que iniciarla con los maestros, por lo que estos debían ser reeducados en la nueva ideología revolucionaria. Todo un ejército de ideólogos marxistas estaban abocados a la tarea de confeccionar la literatura de la revolución. Fue la gran época de los sociólogos.

Los primeros cambios en la educación estuvieron encaminados a implantar el igualitarismo como el núcleo central de la nueva cultura. Se modificó el sistema de calificación eliminándose las distinciones entre los que sabían más y los que menos. De tal modo se implantó la tesis de que todos estaban en  un mismo proceso y que el logro de las metas era tarea de los profesores y no dependía de las diferencias entre los estudiantes. Se prohibió el uso de uniformes distintivos de cada colegio implantándose el uso obligatorio del "uniforme único" de color gris para todos. Los maestros fueron obligados a asistir a seminarios de capacitación en donde se les enseñaba la nueva ideología de la revolución aplicada a la educación. Había que desterrar esa mala costumbre de generar distinciones basadas en méritos. Extirpando las distinciones en la escuela sería más fácil implantar un igualitarismo social, primera fase del comunismo.

Recuerdo la molestia de mi madre en esos días. Como maestra debía asistir a esos talleres y luego volvía con sus compañeras para comentar en tono indignado la experiencia. Los capacitadores ya no eran los atildados y enternados maestros de buena dicción que usualmente se ocupaban de dar esos talleres en las épocas previas. La revolución enviaba tipos en blue jean y zapatilla que entraban mascando chicle y se sentaban sobre el escritorio, tuteaban a todos y les exigía a los maestros tutearlo. El trato igualitario era uno de los primeros cambios que había que implantar, tirando al tacho el tradicional trato reverencial del pasado. Tampoco debían preocuparse en vestir bien ni en buenos modales ya que eran taras culturales destinadas a venerar a los poderosos y distanciarse de los humildes creando falsas diferencias sociales. Había que volver a lo natural y auténtico. La moda debía ser proscrita por alienante y generadora de distinciones. Había que admirar a pueblos como China, donde todos vestían igual. Para entonces por lo menos los escolares de todo el país ya vestían igual. Me consta el espanto que generaban en las maestras aquellas ideas predicadas en los talleres de reeducación, aunque hubo un sector en el gremio sindical educativo que apoyó todas esas reformas. De ese núcleo surgiría más tarde el grupo terrorista Sendero Luminoso. 

Las reformas velasquistas en lo político, social y económico nos llevaron a una crisis sin precedentes en la historia durante la década siguiente. Más allá de estos críticos resultados económicos, en lo político la izquierda alcanzó a hacer realidad su prédica de 20 años: la guerra popular. Aunque de popular no tenía nada. Fue tan solo el accionar terrorista de dos bandas de criminales armados que le declararon la guerra al Estado. Unos se dedicaron a abusar de los campesinos asesinándolos si no los apoyaban, mientras que los otros se dedicaban a secuestrar empresarios para financiar sus acciones armadas al estilo FARC. La izquierda en su conjunto giró en torno al terrorismo en los 80.

La deuda externa sumada al peso que representaba mantener un Estado sobredimensionado, además de cubrir las pérdidas de las empresas públicas, la baja productividad y merma de la recaudación fiscal hicieron colapsar la economía. Redondeando cifras en 1990 se calculaba la deuda externa en unos US$ 23 mil millones, las pérdidas acumuladas de las empresas públicas rondaban la misma cifra y las pérdidas ocasionadas por el sabotaje terrorista superaban los US$ 25 mil millones. Todo esto quiere decir que el peso de la deuda total del Perú en 1990 se acercaba a los US$ 75 mil millones. 

Todos estos problemas se enfrentaron radicalmente en los 90 bajo el gobierno de Alberto Fujimori, logrando detener al terrorismo como la hiperinflación. Luego reestructuró el Estado y modificó las bases de la economía. Con eso el país empezó a recuperarse, al menos económicamente. Pero muchas secuelas del velascato perduran hasta hoy, como la crisis de las empresas agroindustriales azucareras. La situación de un agro parcelado y anacrónico, sin tecnología ni administración moderna, no fue un problema de rápida solución. La inmensa deuda generada por las confiscaciones de la reforma agraria quedarían como un pasivo permanente. Pese a las rápidas reformas de Fujimori, la sociedad seguía en un deterioro inexorable. Algo había que no marchaba en el país. No fue fácil recuperar la confianza en la moneda nacional ni en los ahorros, pero además se perdió el sentido de la autoridad y todos se creían con derecho a reclamarle al Estado por su bienestar, la clase política pasó a la categoría de paria social y la política pasó a manos de aventureros. Quedó en la sociedad la idea de buenos y malos en lugar de ciudadanos y compatriotas. La vieja costumbre de culpar a otros por nuestros males parecía al fin haberse detenido, pues era evidente que habían sido los propios peruanos los causantes de su desgracia. Sin embargo, los viejos asesores del velascato pasaron a ser una costra intelectual que desde sus ONGs, predicaban recetas políticas de bien social, siguiendo las pautas de lo políticamente correcto, con aire de autosuficiencia y falsa independencia ideológica. Para colmo, en unos años volvieron a asesorar al Estado.

Como se dijo, es fácil recomponer una economía quebrada. Toma un tiempo muy corto. Sin embargo no lo hicieron los gobiernos posteriores a Velasco (como el del general Morales Bermúdez, Belaúnde y mucho menos Alan García). Pese a la crisis estos gobiernos no emprendieron la recomposición de la nación. Mientras que Morales Bermúdez (1975-1980) y Belaunde (1980-1985) apenas se limitaron a detener la fiebre reformista del velascato, Alan García (1985-1990) volvió a encender la pasión por los cambios radicales de izquierda: guerra al imperialismo y al FMI con el cese del pago de la deuda externa, nacionalización de la banca, control de precios y de divisas, manejo descontrolado del Banco Central, etc., lo que acabó generando el colapso total del país. Entonces cabe preguntarse ¿por qué no restituyeron el esquema político y económico previo a la revolución velasquista en lugar de insistir en la ruta a la debacle? La pregunta es válida hasta el día de hoy cuando vemos varios países retomando el camino fracasado del socialismo con mucho vigor y demagogia, pero con los mismos inevitables resultados catastróficos ya visibles. Veamos el caso peruano.

Los gobiernos que sucedieron a Velasco no cambiaron los fundamentos socialistas de la economía por dos motivos básicos. Primero porque la izquierda se aseguró, a través de la propaganda ideológica, de imponer nuevos valores sociales e identificar los cambios de la revolución con el patriotismo. Una estrategia típica del comunismo que funciona muy bien en Cuba de los Castro y la Venezuela chavista. En un gobierno de izquierda, atentar contra el gobierno y su accionar es atentar contra la patria. No se puede disentir del modelo porque significa traición y, por tanto, condena. Pretender ir contra los cambios impuestos por la revolución velasquista significaba ofender a la patria. El régimen de Velasco incluso se tomó el trabajo de envolver todas sus empresas estatales con la etiqueta de "Perú", creando así la idea de que estaban íntimamente vinculados a la patria, eran un activo de la nación y debían ser defendidas. Se sembró la idea de que estas empresas habían sido "recuperadas" para el país y que eran algo muy similar a los símbolos de la patria, que se ocupaban de actividades etiquetadas como "estratégicas" para promover la idea de que tenían que estar en manos del Estado sin ninguna duda. Todas estas estrategias se puede apreciar hoy mismo en Venezuela y Argentina, además de Cuba, países donde el gobierno se ha recubierto con las banderas de la patria y con frases de cliché que evocan la patria: "Hay patria", "Tenemos patria", etc.

Por todo ello Belaunde solo se atrevió a devolver los medios confiscados y restablecer las libertades cívicas. Casi todo el esquema estatal y económico quedó intacto. Apenas se atrevieron a retirar en silencio las imágenes de Túpac Amaru que se lucían por todos lados, pero nunca se emprendió la tarea de restablecer el orden social, devolver las haciendas a sus propietarios anteriores o pagarles lo adeudado. Tampoco se intentó cambiar los valores e ideas de izquierda institucionalizadas, es decir, el país se mantuvo con el lavado cerebral que la izquierda realizó durante 12 años, por ejemplo, contra la "oligarquía" identificada con la clase empresarial. Tampoco se confrontaron los íconos ideológicos implantados por la izquierda tales como la nefasta estabilidad laboral, los llamados "derechos sociales", la gollerías sindicales que fueron enmarcadas como "conquistas laborales", el igualitarismo como ideal social, el paternalismo del Estado en todos los ámbitos de la vida, la pobretología como ideario político, etc. Nada de eso se cambió. Nunca le importó a nadie combatir estas ideas. Peor aun, todos agacharon la cabeza ante ellas y acabaron comulgando con el catecismo de izquierda, asumiendo que era el modo correcto de pensar en política. Así fue como se puso de moda lo "políticamente correcto" como una forma amanerada de pensar al margen de la realidad y los costos económicos. Para colmo, esa élite intelectual engendrada por la revolución velasquista pasó a conformar la red de ONGs desde donde salían los estudios sociales para la academia, las fuentes de referencia para los columnistas de diarios, y para las consultorías al Estado. Lo "políticamente correcto" era el pensamiento oficial del velascato convertido en verdad suprema y ciencia social. En añadidura, la casta intelectual de izquierda llegó a los cargos más altos en instituciones internacionales como la ONU y sus satélites. Desde allí venían los dictados de políticas de Estado y los planes y programas a desarrollar en el terreno social, laboral, ecológico, etc.

La segunda razón por la que no se emprendieron los cambios para revertir las transformaciones velasquistas fue porque los militares impusieron a la clase política una nueva Constitución que asegurara el modelo de izquierda impuesto. La consigna militar fue muy clara a la hora de convocar a la Asamblea Constituyente: "redactar una nueva Constitución que consolide las transformaciones profundas de la revolución". De este modo la clase política asumió el encargo de institucionalizar todo lo actuado a la fuerza. Había que legalizar el despojo en nombre de la justicia, el abuso en nombre de la autoridad, la mediocridad en nombre de la igualdad, el controlismo estatal en nombre de la equidad y la demagogia como método y fundamento político. Había que perpetuar la división de peruanos entre buenos y malos, patriotas y traidores, nacionalistas y vendepatrias, explotadores y explotados, pueblo y oligarquía. Como cabía esperar, la Asamblea Constituyente de 1978 tuvo una importante presencia de izquierda, además del ala más radical del APRA, un partido de izquierda no marxista que durante el velascato andaba pregonando que los militares hacían "aprismo sin el APRA". En efecto, muchas de las reformas fueron reclamadas por el APRA como pertenecientes a su programa, en especial la colectivización del agro y el carácter antimperialista del Estado, cualquier cosa que eso fuera. Así la Constitución se redactó en medio de ese ambiente viciado de ideología caldeada, demagogia bullente, poses patrioteras, ansiedad de lucir como los transformadores más radicales proponiendo las fantasías sociales más delirantes convertidas ya en programas políticos. La Constitución de 1979 fue el producto de todo ese ambiente ideológico delirante y bullente que fue el preludio de la peor década de nuestra historia.

En síntesis, podemos decir que el Perú estuvo manejado por las ideas de izquierda desde 1968 hasta 1992, cuando Alberto Fujimori, tras un golpe de Estado, cierra el parlamento y convoca a un nuevo Congreso Constituyente. Fueron casi 25 años en que estuvimos regidos por un esquema político y económico de orientación socialista, pese a la pequeña apertura económica vivida durante el gobierno de Belaunde. Es falso entonces que la izquierda pregone que jamás gobernaron. No lo habrán hecho de forma partidaria pero si a través de los militares y una Constitución que instauró un país con un régimen izquierdista en todos los aspectos. Como ya se dijo, el Perú no se pudo salvar de la gran ola mundial del socialismo. Para los años 80 casi un 75% del mundo estaba en manos de regímenes de izquierda de orientación comunista o socialista. Esta tendencia terminaría con la muerte de Mao Tse Tung en China a fines de los 70 y el colapso de la Unión Soviética a fines de los 80. Fue una pesadilla que sacudió gran parte del mundo dejando más de cien millones de muertos, de los cuales el Perú puso su pequeña cuota de 25 mil seres humanos caídos por culpa de una utopía infernal.