sábado, 27 de abril de 2024

El morboso culto cristiano por el sufrimiento humano


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La cucufatería ha salido en bloque a oponerse a la eutanasia con el argumento de que no se puede obligar a un médico a matar. Ahora ese es el argumento esgrimido por estos sectores confesionales y conservadores. Además de muchas alegaciones tontas que siempre emplean los más afiebrados activistas de la secta, como que todo es parte de "la agenda 2030" o de "la cultura de la muerte" que nos quieren imponer mientras que ellos defienden la "cultura de la vida". En fin. 

Lo cierto es que en ningún momento se refieren a la persona doliente, al enfermo desahuciado, al paciente terminal que sufre y agoniza en una cama de hospital, sin ninguna esperanza, esperando una muerte que nunca llega o que tarda en llegar debido a los procedimientos invasivos y tortuosos a que es sometido por los médicos en su afán de mantenerla viva. Viva, pero sin dignidad. 

El problema de los cristianos militantes es que han desarrollado una morbosa afición por el dolor y el sufrimiento. El cristianismo tiene todo un culto hacía el sufrimiento humano que lo convierte en una especia de mérito espiritual y boleto de ida al paraíso. Para el cristianismo el dolor y el sufrimiento son instrumentos de redención y acercamiento al Creador. En especial para los católicos, el sufrimiento es una especie de hermanadad con Cristo. La cita de San Pablo "completo en mi cuerpo lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" es usada para justificar el padecimiento, el dolor y sufrimiento de las personas. Añade aun San Pablo que "Dios se alegra de nuestros sufrimientos". En la web católica se puede leer "No es que a la pasión de Jesús le falte algo, pero ha dejado un lugar para que incorporemos a ella nuestros propios sufrimientos, haciéndolos valiosos y con sentido. Eso sí, como el de Jesús, nuestro sufrimiento debe ser 'amoroso'".

No sé ustedes, pero yo encuentro bastante patología mental en todas estas ideas a favor del sufrimiento humano. Esto explica por qué a los cucufatos les interesa tan poco o nada el padecimiento de los enfermos terminales, de esos despojos humanos que en cada hospital han perdido toda dignidad humana y permanecen en condiciones humillantes, con una existencia tortuosa y degradante, condenados al dolor y a la lástima sin esperanza alguna, deseando en muchos casos acabar con esa forma de vida indigna, aunque nadie quiera oír tales deseos. Y mucho menos los cristianos a quienes todo ese sufrimiento les resulta un gozo espiritual. Famoso es el caso de la hoy Santa Teresa de Calcuta, muy criticada por mantener casas de acogida de enfermos que en realidad eran casas de la muerte, donde los enfermos terminales solo recibían aspirinas o agua sola, mientras se les impelía a orar. Según la madre Teresa "el mundo gana con el sufrimiento de los pobres", pero ella fue a un hospital moderno de EEUU cuando requirió cuidados paliativos.

Sin duda hay mucha patología en estas creencias cristianas y su culto por el sufrimiento humano. Ese es el principal motivo por el que se oponen a la eutanasia, pero no lo dicen. Apelan solo al juramento médico que les impide matar. No quieren que los médicos sean obligados por un juez a matar. Pero el juramento hipocrático también habla de la dignidad humana y de la conciencia de los médicos. Por ejemplo, dice claramente "No permitiré que prejuicios de religión, nacionalidad, raza, partido político o nivel social se interpongan entre mi deber y mi conciencia". Más adelante, se lee "guardaré el máximo respeto a la vida y dignidad humanas" dejando claro que no es solo la vida lo que importa sino también la dignidad humana. 

El juramento médico también dice: "respetaré siempre la voluntad de mis pacientes y no realizaré ninguna práctica médica o experimental sin su consentimiento". ¿Por qué entonces se les obliga a los médicos a administrar procedimientos tan invasivos como llenar de tubos, mangueras y agujas a pacientes terminales o incurables, incluso cuando estos ya no quieren seguir sufriendo? Y por último, también dice el juramento: "no realizaré experimentos que entrañen sufrimiento, riesgo o que sean innecesarios o atenten contra la dignidad humana". Me parece claro pues que los cristonoicos no tienen razón para apelar al juramento médico en su afán de defender el padecimiento y sufrimiento de los enfermos.

jueves, 25 de abril de 2024

El principal valor de la sociedad es la persona humana

 


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La reciente muerte de la activista Ana Estrada, dejada morir en cumplimiento de una sentencia judicial que le reconoció ese derecho, volvió a desatar las iras santas de nuestra cucufatería, quienes salieron furiosos a arrojar piedras sobre el cadáver de Ana Estrada, llenádola de maldiciones e imprecaciones por haber osado decidir su muerte contraviniendo la voluntad del Creador, y burlándose además del "derecho a una muerte digna", la que consideran que no existe ni debe existir porque "la vida es sagrada" y "solo Dios puede decidir sobre la vida". Esas eran más o menos las razones (si puede llamarse así al delirio y fanatismo religioso) que exponían en sus rabietas.

Esto ya es una eterna discusión. No es el primer caso de este tipo aunque sí el primero en el Perú, y tampoco será el último, ya que en la misma situación se encuentra María Benito, otra enferma incurable que está luchando por una muerte digna. Sentado ya el precedente judicial, y contando con un protocolo médico para asistir en estos casos, deberíamos dar el siguiente paso para formalizar este derecho, aunque lo veo difícil considerando el peso que la cucufateria religiosa tiene en el Congreso, y no solo en los partidos de derecha y centro. Hay cucufatería religiosa también en las bancadas de izquieerda. La religión es una peste que se esparce igual de izquierda a derecha. 

Realmente yo no encuentro tema de debate frente a algo que es la libre decisión personal de alguien a morir. ¿Por qué habría que contradecirlo? Todo lo que veo son excusas bobas como "¿por qué van a usar mis impuestos en matarla?" o su variante "si quiere matarse que lo haga sola y con su plata". Esas son las "razones" que invocan los "defensores de la vida". Es decir, les importa más el costo de la eutanasia que el derecho de una persona a morir. No quieren reconocer ese derecho. Para la cucufatería nadie tiene derecho a renunciar a la vida, aunque su vida se haya degradado al nivel de un calvario permanente de dolor, penurias y limitaciones que convierten al ser humano en despojo. Hay que obligarlo a vivir ignorando su voluntad. Esa es la postura irracional de la cucufatería porque su valor principal es "la vida" y no las personas..

Por supuesto que el costo de una eutanasia en infinitamente menor que el de mantener vivo a un despojo humano solo para que siga sufriendo. Existe en medicina el concepto de "encarnizamiento médico" para definir la obsesión de los médicos por mantener vivo a un paciente al que no se le puede curar, una situación que viene siendo ampliamente debatida en la ética médica. ¿Es ético prolongar artificialmente la vida cuando el paciente ya no tiene más posibilidad que la degradación de su salud y el sufrimiento constante? ¿Qué moral nos obliga a condenar a un ser humano al dolor y el sufrimiento permanente? ¿Y, sobre todo, qué clase de moral nos obliga a desoír su deseo de morir? ¿Es esa la "moral cristiana"? 

Otros cucufatos alegan que no se le puede obligar a un médico a matar. ¿Pero acaso sí se le puede oblgar a mantener con vida (apelando a artificios mecánicos y procedimientos costosos) a un paciente que ya no tiene ninguna posibilidad de cura sino de degradación constante en medio del dolor y el sufrimiento? ¿Qué derecho le asiste a un médico para obrar de esa manera? Su labor es curar, no mantener con vida artificial a alguien solo para hacerlo sufrir. Si no puede curar, la labor del médico ha terminado.

No hay nada más importante que el respeto a la persona. Eso implica el respeto a sus decisiones personales. No es "la vida" el valor más importante sino la persona humana. Eso de sobreponer a "la vida" por encima de la persona humana concreta es algo muy peligroso que resulta de un fanatismo religioso obtuso y ciego. Son las personas las que cuentan en este mundo. Cualquier seudo valor que se sobreponga a las personas es una peligrosa impostura ética que puede llevarnos incluso a los extremos de anular nuestra capacidad de compasión, convirtiéndonos en crueles dueños de la vida ajena solo para satisfacer los valores abstrusos de dichas imposturas éticas, mientras se pisotea la dignidad humana. Ninguna secta de chiflados debe tener el poder de imponernos sus "valores" colectivistas iluminados a los ciudadanos libres. Solo la persona humana cuenta. Y solo el respeto a la persona humana, a su integridad y decisión individual debe guiarnos como principio de convivencia civilizada.


viernes, 26 de enero de 2024

No existe izquierda democrática


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Siempre he dicho que en el Perú no existe izquierda democrática. Y hasta podría ampliarlo a toda Latinoamérica con pocas excepciones. Por ejemplo en Chile surgió una izquierda madura y democrática luego de la tormentosa experiencia de Allende y Pinochet. Incluso ya en los terribles días de Allende hubo una zquierda que se distanció de ese modelo bárbaro que el comunista llevaba adelante mientras el país se destruía. Esa izquierda que aprendió la lección de la historia llevó adelante a Chile después de Pinochet, hasta que llegó Bachelet y el asunto volvió a fojas cero. Hoy la izquierda chilena es un renacer del allendismo fracasado y ha llegado al poder casi por la via de la violencia. Hoy gobiernan los que ayer tiraban piedras.

En el Perú, en cambio, la izquierda siempre fue salvaje. Ni aun después de la experiencia brutal del terrorismo pudo surgir una izquierda realmente democrática. Tenemos una izquierda que glorifica la dictadura de Velasco y defiende toda la barbarie cometida durante esa dictadura delirante que destruyó al país, y que nos condujo a la peor crisis de nuestra historia con su modelo estatista. ¿Hubo algún aprendizaje de la izquierda tras ese desastre? No. Ninguno. Siguen defendiendo las empresas estatales, la reforma agraria, el nacionalismo chauvinista, el indigenismo, el rechazo de la inversión extranjera, la estigmatización del capital privado, la sobreregulación laboral, el crecimiento del Estado, etc.

Pero además de todo eso que puede pasar por fanatismo ideológico, dogmatismo doctrinal, ignorancia histórica, etc., la izquierda aun sigue predicando, practicando y defendiendo la violencia. No han renunciado a ella. La violencia sigue siendo el arma principal de la política de izquierdas, el recurso natural para imponer aquello que no pueden lograr por los votos como exigir el cambio de Constitución, nuevas elecciones, el cierre de un Congreso incómodo o para recuperar el poder cuando lo pierden legalmente. 

No solo vemos a la izquierda tratando de pasar por agua tibia al terrorismo, llamando "guerrilleros" a los terroristas o incluso "guerra civil" a la época del terror, excusando a los senderistas por haberse excedido en sus buenas intenciones de lograr una mejor sociedad, ensañándose con todo aquel que haya combatido a los terroristas, montando relatos oficiales que minimizan al terrorismo de izquierdas o lo equiparan con el "terrorismo de Estado", hasta el punto mismo de apañar a un neo senderista para convertirlo en presidente de la República, lavarle la cara a terroristas prontuariados para que puedan ser ministtros de Estado, etc. Todo eso acabamos de verlo.

Pero además tenemos una izquierda que sigue normalizando la violencia política a la que llama "lucha social" o "protesta social", cuando el único objetivo es capturar el poder perdido, a lo que llaman "recuperar la democracia", eventos a los que suelen convocar a todo el lumpen social. Convierten en mártires a los caídos en las trifulcas en que se trenzan a pedradas y bombardas contra la policía, persiguen judicialmente a los altos mandos policiales y políticos por los muertos en las protestas, cuando dichas autoridades no son de izquierda. 

En el discurso de izquierda la "participación política del pueblo" es un acto de "auténtica democracia popular" que demuestra que los sectores populares han asumido conciencia política y quieren ser actores de los cambios. Debemos creer pues que las masas de campesinos ignorantes que marchan pidiendo nueva Constitución saben de lo que están hablando, que se les ha ocurrido a ellos de manera natural luego de una profunda reflexión política y jurídica.

Cualquiera con dos dedos de frente (o con suficiente experiencia política) sabe que esos campesinos, al igual que los jóvenes universitarios, son manipulados por dirigentes de izquierda. Los buscan precisamente a ellos porque son fáciles de manipular en medio de su ignorancia. Pero no los convocan a marchar sino a generar el caos y la violencia en busca de muertos, porque, como ya lo han expresado ellos mismos: las protestas pacíficas no generan cambios. Así es como mueren los Quispes y Mamanis, los Intis y los Bryans, mientras que los caviares acusan de "racismo".

Esta es pues la tónica de la política de izquierdas. La democracia real y el Estado de Derecho están siempre amenazados por la izquierda, aunque ellos lo hacen supuestamente para defender la "verdadera democracia". Es decir, la que a ellos les gusta. Pero la democracia es un sistema creado por la civilización para superar las etapas de las guerras tribales y someternos todos al imperio de la ley. Nos guste o no, debemos respetar el Estado de Derecho, buscar los votos, ganar representantes y proponer los cambios en el Congreso, respetando las reglas y la separación de poderes. Por desgracia, la izquierda maneja sus propios conceptos de democracia y para ellos las cosas se resuelven todavía mediante guerras tribales, convocando a las masas a la violencia salvaje para capturar el poder y gobernar como una dictadura sin ley "en nombre del pueblo".



jueves, 5 de octubre de 2023

A 55 años de la debacle peruana

 


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Un día como hoy, 3 de octubre, hace 55 años, se iniciaba una de las peores épocas de la historia del Perú. A primeras horas de la madrugada, el general Velasco había sacado los tanques para dar el último golpe militar del siglo XX. No era el primero pero sería el peor de todos. Y quizá por eso, fue el último. 

A diferencia de los anteriores golpes militares que se dieron por cuestiones políticas muy puntuales y que luego restablecieron el orden democrático, el golpe de Velasco tuvo dos características que resaltar: primero, fue un golpe que se dio bajo una mentira infame, usando el petroleo como pretexto; y segundo, fue un golpe que pretendía quedarse en el poder sin límite de caducidad. Es decir, Velasco pretendía gobernar el Perú por décadas. Tenía un plan ya escrito con meses de anticipación: El plan Inca. Un tercer rasgo fue que se presentaron como salvadores de la República y hablaban de "revolución", prometiendo crear una nueva sociedad. Ni más ni menos. Es decir, pretendían transformar a la sociedad. Soñaban con crear al "nuevo hombre peruano". No solo una nueva patria sino una nueva sociedad y una nueva cultura peruana. Ese era el objetivo de lo que llamaron "revolución". O para ser más precisos: "gobierno revolucionario de las fuerzas armadas". Aunque Velasco era el cabecilla del movimiento, se presentaban como un movimiento institucional. No era pues un gobierno que solo quería impedir que el Perú firme un "contratro entreguista" con la IPC por la cuestión del petroleo, como arguyeron falazmente. Eso fue solo el pretexto montado. Lo que querían claramente era hacer una "revolución" y cambiarlo todo. Querían el poder total por tiempo indefinido para transformar a la sociedad manu militari, hasta lograr una sociedad socialista, con una nueva mentalidad nacionalista. 

Por todo eso queda claro que Velasco y sus secuaces tenían un proyecto socialista de largo aliento, pero dieron el golpe usando como pretexto el asunto de la página once, una farsa montada con ayuda de la prensa, un mito urbano creado para engañar a las masas generando odios contra el gobierno al que se le acusaba de ser "enteguista" a potencias extranjeras. Nunca existió esa famosa "página once". Fue un completo engañabobos. Pero hasta hoy se sigue mencionando el tema.

La farsa del petroleo fue usado para montar un show "nacionalista" que sirvió para que las masas aplaudieran a Velasco, lo vieran como el salvador, aceptaran el golpe y recibieran a los golpistas como héroes de la patria. Para esto asaltaron los campos de la Brea y Pariñas con tanques de guerra, como si invadieran un país enemigo. Ese fue el inicio de un gobierno que utilizaría el show como instrumento político. Una copia de las estrategias de Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler. Desde entonces, la manipulación de las masas fue parte de la estrategia de la dictadura, empleando a Tupac Amaru como símbolo, propalando eslógans efectistas como "campesino: el patrón ya no comerá más de tu pobreza", entonando el "himno de la revolución" todos los días en todas las emisoras de radio y TV confiscadas por el régimen y creando su propio sistema de manipulación social: el SINAMOS.

La dictadura de Velasco se sustentó en el odio de clase y en el revanchismo social. Los mensajes de Velasco estaban repletos de odio y proclamaban la "guerra a la oligarquía". Su frase favorita era "hay que romperle el espinazo a la oligarquía". Todas sus acciones estuvieron destinadas a destruir a la clase dirigente y productiva: los hacendados y empresarios. Luego iría por los políticos, artistas e intelectuales. La reforma de la educación empezó reeducando a los maestros en la nueva ideología del odio de clase. Ya no habría calificaciones que crearan discriminación ni reforzaran el elitismo. Eliminaron los desaprobados para evitar los traumas de los peores alumnos. Se implantó el igualitarismo en todos los sentidos. Todos los alumnos eran iguales. Lo mismo pasaba en las empresas: los trabajadores podían formar parte de los directorios y tomar decisiones sobre la marcha de la empresa, aun sin tener acciones en ella. Pero para eso se crearon las "acciones laborales".

El gobierno de Velasco significó además la ruina del agro. Las confiscaciones de tierras e ingenios productivos destruyeron la productividad agroindustrial. La reforma agraria fue simplemente la destrucción de un sistema productivo eficiente a cambio de nada, o de una aventura socialista ineficiente que estaba destrinada a fracasar irremediablemente. Sin recursos para alimentarse, los campesinos iniciaron la migración a la costa y crearon asentamientos en los arenales, y así nació Villa el Salvador, entre otras zonas de invasión que rodearon Lima como un cinturón de miseria. Luego el Perú tuvo que importar papas de Holanda y empezar a consumir azúcar rubia, con suerte. Se creó el Ministerio de Alimentación para importar todo lo que el país dejó de producir. Se estatizó todo lo que se pudo estatizar para "evitar el sabotaje de la dertecha". El Estado lo controlaba todo, desde la comercialización hasta los precios. Ante la crisis que se asomaba, la gente empezó a migrar y el destino favorito era Venezuela.

La política antiimperialista de Velasco nos enemistó con EEUU y buscó acercarse al eje del imperialismo soviético. Así fue como la URSS nos vendió una gran cantidad de armamento obsoleto cambiando radicalmente la matriz del armamento peruano, mayoritariamente norteamericana y francesa, haciéndonos depender de proveedores que quedaban al otro lado del planeta y cuyo idioma nadie hablaba en el país. La aventura bélica de Velasco estaba destinada a invadir Chile para recuperar los territorios perdidos en la Guerra del Pacífico, planeada para el centenario de dicha guerra. Pero afortunadamente Velasco no duró para esa fecha. Hubiera sido imposible sostener una guerra con la economía en crisis, armamento obsoleto y con proveedores tan alejados del escenario bélico. Para lo únic que sirvió todo ese armamento ruso fue para inicar una gran deuda externa. 

La merma de la recaudación fiscal empezó a generar problemas económicos al gobierno, pero Velasco tuvo suerte de contar con los petrodólares que se ofrecían a bajas tasas de interés, tras el alza del petroleo originado por la OPEP. Cada empréstito era celebrado por la prensa como un gran éxito del gobierno. Así nació la creciente deuda externa que pasó de $800 millones a $8,000 millones. Pero la mayor parte se despilfarró en grandiosas construcciones como al Pentagonito, el centro cívico, el complejo de Essalud y de Petroperú, y otros edificios administrativos para los ministerios del gobierno, obras en las que los militares robaron a manos llenas. Toda esa mega corrupción de los militares nunca fue investigada, ni juzgada, ni castigada. Nos dejaron una deuda impagable, un Estado faraónico y un país destartalado. Pese a todo, tuvimos mucha suerte de que Velasco enfermara y le dieran un golpe al séptimo año, porque el apocalipsis velasquista podría haber sido mucho peor.

domingo, 3 de septiembre de 2023

¿Sirve la democracia en America Latina?


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La democracia se ha convertido en el tótem de nuestro tiempo. Es una especie de religión laica en la que todos comulgan. No hay personaje público que no incline la cabeza y haga una reverencia retórica hacia la democracia. Cada día, infaltablemente, leo ardorosas defensas de la democracia, loas a la democracia y esforzadas alabanzas a un sistema que en los hechos no parece responder a tanta devoción. Parece ser pues que en la democracia, al igual que en otras confesiones de fe, las oraciones, cultos, rituales y alabanzas tampoco dan resultados concretos en la realidad. Por lo menos no en el Perú, donde la democracia nos puso en el poder a Pedro Castillo, un hombrecillo que navegaba en la más absoluta ignorancia y cuya única habilidad resultó ser el pillaje. Una vez delatado por sus camaradas de latrocinios, Pedro Castillo optó por dar un golpe de Estado para "garantizar el Estado de Derecho y la democracia". Es decir, incluso dando un golpe de Estado, se invocaba restablecer la democracia. 

¿No es momento de preguntarse si estamos yendo en el sentido equivocado, con tanto fervor por una democracia que no da resultados positivos? Porque hasta donde recuerdo, y hasta donde se sabe, en el siglo XX el Perú fue una suceción permanente de golpes de Estado militares y democracias transitorias, pero los personajes más destacados acabaron siendo militares, como Sánchez Cerro, Odría y Velasco Alvarado, y un civil que también dio un golpe: Fujimori. En el recuento final, la democracia y la dictadura parecen haber sido simples modelos de gobierno sin que uno haya sido intrínsecamente mejor que el otro como modelo. Se puede alegar que en una dictadura hay abuso de poder, pero también lo hay en una democracia, como cuando Alan García sometió al pueblo a vivir tres años en toque de queda, o cuando intentó estatizar toda la banca, siguiendo el pésimo ejemplo de José López Portillo en México. De otro lado, la gente parece preferir el exceso de poder que la ausencia de poder, exhibida por muchos presidentes constitucionales, como Belaúnde.

Dicen que la dictadura es mala porque concentra todo el poder en una sola persona, mientras que la democracia la distribuye en una multitud de entidades y personajes con limitados poderes. Ese solo argumento no parece suficiente para preferir la democracia. También en democracia vemos a menudo personajes revestidos de un poder específico, que ejercen su cargo con despotismo y corrupción. Es casi una constante en jueces, fiscales y alcaldes, como también en cuerpos colegiados. Frente a este panorama, se me viene al recuerdo una genial frase de Borges: "me resulta más fácil creer en una persona que en una multitud". 

Distribuir el poder entre una multitud en lugar de concentrarlo en una sola persona plantea una serie de consideraciones. Especialmente cuando esa multitud no es muy ilustrada, como suele ser el caso de las sociedades latinoamericanas, y la peruana en particular. Tenemos una sociedad que recibe una pésima educación y los niveles de corrupción son alarmantes. En añadidura, carecemos de instituciones sólidas, y muy especialemente las llamadas "instituciones democráticas", como los partidos políticos, están en la ruina luego de varios e infructuosos intentos de reformar el panorama político. Según estudios, tres cuartas partes de la población están completamente desinteresados por la política. Sin embargo son obligados a votar bajo la absurda premisa de que a mayor participación mayor "legitimidad". Los resultados que apreciamos en cada proceso electoral confirman que las premisas que sustentan la tan afamada democracia son columnas de barro. No existe pues una cabal correspondencia entre los supuestos beneficios y los resultados finales. El descontento popular es casi inmediato y el caos pasa a ser el estado natural. Por tanto, la tan elogiada democracia que tratan de vendernos a diario los teóricos de la academia, no es la panacea maravillosa y curadora que nos aseguran. 

Y tal vez no estamos descubriendo nada, pues según cuentan, ya en 1821 el general José de San Martín pudo darse cuenta de que los peruanos serían incapaces de gobernarse por sí mismos, por lo que propuso una monarquía como forma de gobierno para el Perú. Los hechos posteriorers le darían la razón. Una vez creada la República, esta cayó en el caos de una interminable sucesión de conflictos por el poder, a cargo de militares ambiciosos, que no se detuvo hasta 1980, cuando terminó la última dictadura militar. Entonces se dio inicio a una nueva temporada democrática con la elección, nuevamente, de Fernando Belaunde, el presidente que injustamente había sido depuesto por los militares en 1968. Esto pareció un gesto de inteligencia colectiva y una señal de las bondades de la democracia, pero el encanto no duró mucho. En 1985 el pueblo eligió a un mozalbete de 35 años sin oficio ni beneficio, como dicen las abuelas, y cuya única virtud era poseer una frondosa, elegante y virulento discurso, típico de izquierdas. Ya saben: la lucha contra el imperialismo, la oligarquía, los oligopolios, el FMI, la corrupción, etc. En suma, el pueblo eligió a un charlatán sin ninguna experiencia para gobernar al país en el peor momento de su historia, cuando el Estado sucumbía ante un creciente déficit e inflación, y cuando el país estaba asediado por dos grupos terroristas de izquierda: uno castrista y otro maoista. El resultado fue el desastre más absoluto. La democracia fracasó y el país cayó en el despeñadero.

En 1990 el Perú estaba en el foso, en espera de que lo taparan con tierra y le pusieran una lápida. Ese era el sentir en el mundo. Ya nadie daba un centavo por el Perú. Teníamos todas las plagas: inflación desbocada, infraestructura destruida, Estado sobredimensionado, endeudado, sin fondos y sin ingresos fiscales, cero inversión, la pobreza creciente en medio del desabastecimiento de productos y, para colmo, la amenaza diaria del terrorismo de una izquierda anacrónica y genocida. Sendero Luminoso había cercado la capital y muchos aseguran que estaba próximo a tomar el poder. Las cárceles estaban tomadas por los grupos terroristas y convertidas en cuarteles, las universidades también estaban tomadas por el terrorismo y eran no solo centros de adoctrinamiento subversivo sino de reclutamiento. Jueces y fiscales no se atrevían a procesar a los terroristas por temor a su vida y a la de sus familias. Las FFAA combatían a la subversión sin una guía clara y desataban carnicerías en los Andes, empeorando la situación para los pobladores. ¿Aún era posible sostener la democria en esas condiciones? Muchos románticos y teóricos aseguran que sí. Yo no lo creo.

En esas pavorosas condiciones, el Perú celebró nuevamente el ritual más sagrado de la democracia: elecciones. Como enviado del cielo, Mario Vargas Llosa encabezó un movimiento de salvación nacional como candidato de un frente de partidos democráticos. Y cuando lo más lógico parecía ser elegir a quien era el hombre más lúcido y prestigioso del Perú, que traía ideas frescas de libertad, los electores prefirieron elegir a un outsider, un hombrecillo desconocido que salió de la nada manejando un tractor: Alberto Fujimori. ¿Otro triunfo de la democracia? Algunos dijeron que sí.

Alberto Fujimori era un hombre prágmático, sin ideología ni ataduras partidarias, ni compromisos políticos, ni siquiera con la democracia, y menos con la honestidad. No tuvo empacho en asesorarse por un ex militar de inteligencia, ex convicto por traición y abogado de narcotraficantes. Al mismo tiempo, se rodeó de técnicos que aplicaron medidas radicales para frenar la inflación, pero no había manera de corregir el origen del problema: un mega Estado controlista, repleto de burocracia y de empresas públicas deficientes y quebradas que daban pésimos servicios, y que estaban en manos de sindicatos mafiosos dedicados a sabotear la economía con paros. Se requería una reingeniería total del aparato del Estado limitando su accionar en la economía, reduciendo la burocracia, deshaciéndose de las empresas públicas y creando nuevas instituciones que fortalecieran el mercado y dieran garantías a los inversionistas. Fujimori estaba impaciente con la oposición del Congreso a sus medidas y un buen día tomó la decisión de cerrar el Congreso con el apoyo entusiasta del 85% de la población. 

Pero no fue solo un cierre del Congreso. De inmediato hubo la convocatoria a elecciones de un nuevo Congreso con facultades constituyentes, que se ocupara de redactar una nueva Constitución dándole al Estado una estructura y un enfoque más modernos. Paralelamente se dictó un paquete de medidas legislativas destinadas a luchar frontalmente contra el terrorismo, creando el fuero militar con jueces sin rostro. Se retomó el control de las cárceles y de las universidades públicas, se armó a los campesinos para que pudieran enfrentar a los terroristas, y muchas otras medidas que permitieron la derrota total de los grupos terroristas. En 1993, el Perú había derrotado al terrorismo y tuvo una nueva Constitución medianamente liberal, el Banco Central se convirtió en ente autónomo y se crearon nuevas instituciones que velaban por un mercado libre. Hubo un plan de reducción de la burocracia alentando la renuncia voluntaria a cambio de beneficios. Las empresas públicas empezaron a ser liquidadas o rematadas. Así fue como el Perú retomó la senda de la paz y del progreso. Con todo esto, la fama y el prestigio mundial de Fujimori crecieron. ¿Fue Fujimori una derrota de la democracia? 

Para la clase política tradicional Fujimori resultó ser un enemigo desde el primer momento. No solo desde su triunfo electoral, pasando por encima de los principales partidos, sino después de su golpe con la expulsión del Congreso de los más connotados políticos de izquierda y derecha. Además, Fujimori se convirtió en un líder apreciado por las masas, opacando y postergando a toda la clase política tradicional. Aunque no quiso formar un partido, sus agrupaciones electorales siguieron cosechando más de un tercio del electorado hasta el fin de su gobierno. Incluso después de su caída, su heredera política, su hija Keiko, pasó a la segunda vuelta electoral en las tres ocasiones en que se presentó como candidata, perdiendo al final solo por un puñado de votos. Además de eso, Fujimori ha permanecido convertido en un personaje fundamental de la política peruana en lo que va del presente siglo, generando odios y apoyos, pero siendo sin duda la figura más destacada del escenario político, para bien o para mal de algunos. Nadie podrá objetar que la historia del Perú contemporaneo tiene un antes y un después de Fujimori. En los años 80 solía decirse que la historia tenía un antes y un después de Velasco, pero incluso eso quedó sepultado por las reformas de Fujimori.

Ahora volvamos a la pregunta inicial: ¿sirve la democracia? ¿Le ha servido la democracia al Perú? Lo que la democracia nos dio en los primeros dos gobiernos que sucedieron a la dictadura militar fue el caos más absoluto, la miseria, la hiperinflación, etc. Es verdad que la dictadura militar nos dejó como legado un socialismo incipiente, un híper Estado desfinanciado y controlista, la plaga de empresas públicas quebradas y una peste de sindicatos dominados por los comunistas; pero, sobre todo, la noción del Estado como el principal agente de la economía. Por su parte, la izquierda aportó no uno sino dos grupos terroristas criminales y sanguinarios, como no se había visto jamás en el mundo. Con todo eso la democracia naciente en 1980 sucumbió doce años después a manos de Fujimori. En definitiva, era demasiado peso para una democracia débil y para una clase política empeñada en ser oposición. Frente a esto podemos afirmar que la democracia había fracasado en sus doce años de vigencia.

Por supuesto que nos referimos a la democracia peruana concebida como una guerra tribal, empeñada en hacer caer al que está arriba. Una democracia carente de sus principales pilares institucionales que son los partidos políticos, como resultado de más de un siglo de golpes militares que impidieron echar raíces a los partidos, pero también de una constante guerra contra los partidos y contra los "políticos tradicionales", término acuñado durante la dictadura de Velasco para desprestigiar a la clase política y justificar la dictadura. Como consecuencia, una democracia que se desenvuelve en medio de una ausencia de principios ideológicos, reemplazadas por campañas populistas llenas de promesas desbocadas y acusaciones de corrupción, una democracia en cuyas elecciones tienden a ganar los outsiders, porque se mantiene un desdén hacía los "políticos tradicionales". Una democracia sometida a constantes reformas que le otorgan al Estado cada vez más control sobre los partidos. Y por último, como venimos apreciando, una democracia cercada por la persecución fiscal de los partidos, a los que se ha convertido en organizaciones criminales por recibir aportes de campaña.

Esta es la democracia que en las elecciones del 2021 le proporcionó al Perú a un analfabeto funcional como presidente. Pedro Castillo fue elegido pese a sus evidentes limitaciones intelectuales, a su ignorancia absoulta sobre casi todos los temas, y pese a sus cercanías visibles con el neosenderismo magisterial, con la industria narcococalera del sur, la minería ilegal y una banda de facinerosos implicados en corrupción que manejaban el partido Perú Libre. Evidentemente que para el Perú fue un fiasco. Más aun, cuando un año y medio después, Pedro Castillo se vio obligado a dar un golpe de Estado para evitar el acoso fiscal, luego de que sus cómplices de fechorías lo delataran. Entonces volvemos a preguntar: ¿Pedro Castillo fue un fracaso o un triunfo de la democracia? 

También existe fundamentalistas de la democracia que abominan de Fujimori y lloran por la democracia interrumpida. Les tienen sin cuidado las circunstancias y los resultados. Solo les importa la sacrosanta democracia. Son quienes han convertido a la democracia en una religión. Aunque el edificio se venga abajo con un terremoto, no están dispuestos a interrumpir el sagrado ritual de la democracia ni el culto a sus instituciones, y prefieren arrodillarse a rezar en el altar de la Constitución esperando que el caos se resuelva solo. Pero al mismo tiempo son quienes elogian el golpe de Martín Vizacarra luego de haberle rogado de rodillas que cerrara el Congreso por cargar con el pecado original de ser "aprofujimorista". Son quienes pregonan los valores democráticos hasta que no les gustan los resultados y quienes condenan los golpes, salvo cuando el golpeado es su enemigo político. Son quienes llaman dictadura al régimen que les quitó los privilegios y los postergó en el escenario, como ocurrió con Manuel Merino y ocurre hoy con Dina Boluarte, ambos surgidos por sucesión constitucional. 

Como quiera, a la luz de los hechos históricos, no podemos afirmar que la democracia, sea la idea que se tenga de ella, es siempre la mejor solución a los problemas que puede enfrentar un país, y ni siquiera es el mejor camino para elegir a un gobernante. Más aun, como estamos viendo en los últimos años, tampoco es el mejor mecanismo para producir reformas. La democracia sigue siendo una quimera y -en los hechos- se reduce a una pantomima. No tenemos instituciones democráticas, no tenemos un pueblo culto y tampoco interesado en la política, y -para colmo- no tenemos políticos interesados en la democracia. El escenario de la política sigue siendo básicamente un campo de batalla tribal, en donde los acuerdos políticos son criticados como componendas o acusados de traición. 

viernes, 30 de junio de 2023

¿Qué es el liberalismo?

 


Por: Carlos alberto Montaner


El liberalismo es un modo de entender la naturaleza humana y una propuesta para conseguir que las personas alcancen el más alto nivel de prosperidad potencial que posean (de acuerdo con los valores, actitudes y conocimientos que tengan), junto al mayor grado de libertad posible, en el seno de una sociedad que ha reducido al mínimo los inevitables conflictos. Al mismo tiempo, el liberalismo descansa en dos actitudes vitales que conforman su talante: la tolerancia y la confianza en la fuerza de la razón.

¿En qué ideas se basa el liberalismo?

El liberalismo se basa en cuatro simples premisas básicas:

   Los liberales creen que el Estado ha sido concebido para el individuo y no a la inversa. Valoran el ejercicio de la libertad individual como algo intrínsecamente bueno y como condición insustituible para alcanzar los mayores niveles de progreso. Entre esas libertades, la libertad de poseer bienes (el derecho a la propiedad privada) les parece fundamental, puesto que sin ella el individuo está perpetuamente a merced del Estado.

   Por supuesto, los liberales también creen en la responsabilidad individual. No puede haber libertad sin responsabilidad. Los individuos son (o deben ser) responsables de sus actos, y deben tener en cuenta las consecuencias de sus decisiones y los derechos de los demás.

   Precisamente para regular los derechos y deberes del individuo con relación a los demás, los liberales creen en el Estado de derecho. Es decir, creen en una sociedad regulada por leyes neutrales que no le den ventaja a persona, partido o grupo alguno y que eviten enérgicamente los privilegios.

   Los liberales también creen que la sociedad debe controlar estrechamente las actividades de los gobiernos y el funcionamiento de las instituciones del Estado.

¿El liberalismo es una ideología?

No. Los liberales tienen ciertas ideas verificadas por la experiencia sobre cómo y por qué algunos pueblos alcanzan el mayor grado de eficiencia y desarrollo, o la mejor armonía social, pero la esencia de este modo de entender la política y la economía radica en no señalar de antemano hacia dónde queremos que marche la sociedad, sino en liberar las fuerzas creativas de los grupos e individuos para que éstos decidan espontáneamente el curso de la historia. Los liberales no tienen un plan para diseñar el destino de la sociedad. Incluso, les parece muy peligroso que otros tengan esos planes y se arroguen el derecho de decidir el camino que todos debemos seguir.

¿Cuáles son las ideas económicas que sostienen los liberales?

La de mayor calado es la que defiende el libre mercado en lugar de la planificación estatal. Ya desde la década de los 20 el pensador liberal austriaco Ludwig von Mises demostró cómo en las sociedades complejas no era posible planificar centralmente el desarrollo, pues el cálculo económico no puede hacerse. Señaló con toda precisión (en contra de las corrientes socialistas y populistas de la época) cómo cualquier intento de fijar artificialmente la cantidad de bienes y servicios que debían producirse, así como los precios que deberían tener, conduciría al desabastecimiento y a la pobreza.

   Von Mises demostró que el mercado (la libre concurrencia en las actividades económicas de millones de personas que toman constantemente millones de decisiones orientadas a satisfacer sus necesidades de la mejor manera posible), generaba un orden natural espontáneo infinitamente más armonioso y creador de riqueza que el orden artificial de quienes pretendían planificar y dirigir la actividad económica. Obviamente, de ahí se deriva que los liberales, en líneas generales, no crean en controles de precios y salarios, ni en los subsidios que privilegian una actividad económica en detrimento de las demás.

¿No conduciría el libre juego del mercado a la pobreza de unos en beneficio de otros?

En lo absoluto. Cuando las personas, actuando dentro de las reglas del juego, buscan su propio bienestar, suelen beneficiar al conjunto. Otro gran pensador liberal Joseph Schumpeter, también de la escuela austríaca, demostró cómo no hay estimulo más enérgico para la economía que la actividad incesante de los empresarios y capitanes de industria que seguían el impulso de sus propias urgencias sicológicas y emocionales. Los beneficios colectivos que se derivan de la ambición personal eran muy superiores al hecho también indudable de que se producían diferencias en el grado de acumulación de riquezas entre los distintos miembros de una comunidad. Pero quizás quien mejor resumió esta situación fue uno de los líderes chinos de la era posmaoísta, cuando reconoció, melancólicamente, que «por evitar que unos cuantos chinos anduvieran en Rolls Royce, condenamos a ciento. de millones a desplazarse para siempre en bicicleta».

   Si el papel del Estado no es planificar la economía ni buscar una sociedad igualitaria, ¿cuál es su rol principal de acuerdo con los liberales?

   En esencia, el rol fundamental del Estado debe ser mantener el orden y garantizar que las leyes se cumplan. La igualdad que buscan los liberales no es la utopía de que todos obtengan los mismos resultados, sino la de que todos tengan las mismas posibilidades de luchar por obtener los mejores resultados, Y en ese sentido una buena educación y una buena salud deben ser los puntos de partida para poder acceder a una vida mejor.

¿Cómo debe ser el Estado que propugnan los liberales?

De la misma manera que los liberales tienen ciertas ideas sobre la economía, asimismo postulan una forma de entender el Estado. Por supuesto, los liberales son inequívocamente demócratas y creen en el gobierno de las mayorías dentro de un marco jurídico que respete los derechos inalienables de las minorías. Esa democracia, para que realmente lo sea, tiene que ser multipartidista y debe estar organizada de acuerdo con el principio de la división de poderes.

   Aunque no es una condición indispensable, los liberales prefieren el sistema parlamentario de gobierno, por cuanto suele reflejar mejor la variedad de la sociedad y es más flexible para generar cambios de gobierno cuando se modifican los criterios de la opinión pública.

   Por otra parte, el liberalismo contemporáneo cuenta con agudas reflexiones sobre cómo deben ser las constituciones. El premio Nobel de Economía Friedrich von Hayek es autor de muy esclarecedores trabajos sobre este tema. Más recientemente, el también Premio Nobel de Economía (1991) Ronald Coase ha añadido valiosos estudios que explican la relación entre la ley, la propiedad intelectual y el desarrollo económico.

   Bien, esa es la idea sucinta del Estado, pero ¿qué creen los liberales del gobierno, es decir, del grupo de personas seleccionadas para administrar el Estado?

   Los liberales creen que el gobierno debe ser reducido, porque la experiencia les ha enseñado que las burocracias estatales tienden a crecer parásitamente, o suelen abusar de los poderes que les confieren y malgastan los recursos de la sociedad.

   Pero el hecho de que un gobierno sea reducido no quiere decir que debe ser débil. Debe ser fuerte para hacer cumplir la ley, para mantener la paz y la concordia entre los ciudadanos, para proteger a la nación de amenazas exteriores.

¿Un gobierno de esas características no estaría abdicando la función que se le ha atribuido redistribuir la riqueza, terminar con las injusticias y ser el motor de la economía?

Los liberales piensan que, en la práctica, los gobiernos real y desgraciadamente no suelen representar los intereses de toda la sociedad, sino que acostumbran privilegiar a los electores que los llevan al poder o a determinados grupos de presión. Los liberales, en cierta forma, sospechan de las intenciones de la clase política y no se hacen demasiadas ilusiones con relación a la eficiencia de los gobiernos. Por eso el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente cuestionador de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que no pueda evitar ver con gran escepticismo esa función de redistribuidor de la renta, equiparador de injusticias o «motor de la economía» que algunos le asignan.

   Otro gran pensador liberal, el Premio Nobel de Economía James Buchanan, de la escuela de Public Choice (La Opción Pública), originada en su cátedra de la Universidad de Virginia, ha desarrollado una larga reflexión sobre este tema. En resumen, toda decisión del gobierno conlleva un costo perfectamente cuantificable, y los ciudadanos tienen el deber y el derecho de exigir que el gasto público responda a los intereses de la sociedad y no a los de los partidos políticos.

¿Quiere eso decir que los liberales no le asignan al gobierno la responsabilidad de procurar la implantación de la justicia social?

Eso lo que quiere decir es que los liberales prefieren que esa búsqueda descanse en los esfuerzos de la sociedad civil y se canalice por vías privadas y no por medio de gobiernos derrochadores e incompetentes, los cuales no sufren las consecuencias de la frecuente irresponsabilidad de los burócratas o de los políticos electos menos cuidadosos.

   En última instancia, no hay ninguna razón especial que justifique que los gobiernos necesariamente se dediquen a tareas como las de transportar personas por las carreteras, limpiar las calles o vacunar contra el tifus. Todo eso hay que hacerlo bien y al menor costo posible, pero seguramente ese tipo de trabajo se desarrolla con mucha más eficiencia dentro del sector privado. Cuando los liberales defienden la primacía de la propiedad no lo hacen por codicia, sino por la convicción de que es infinitamente mejor para los individuos y para el conjunto de la sociedad.

   En inglés la palabra liberal tiene un significado aparentemente distinto al liberalismo que aquí se describe. ¿En qué se diferencia el liberalismo americano de lo que en Europa o en América Latina se conoce como liberalismo?

   El idioma inglés ha tomado la palabra liberal del castellano y le ha dado un significado distinto. En líneas generales puede decirse que en materia económica el liberalismo europeo o el latinoamericano no son bastante diferentes del liberalismo norteamericano. Es decir, el liberal americano le suele quitar responsabilidad a los individuos y asignarlas al Estado. De ahí el concepto del Estado benefactor o «welfare» que redistribuye por vía de las presiones fiscales las riquezas que genera la sociedad. Para los liberales latinoamericanos y europeos, como se ha dicho antes, esa no es una función primordial del Estado, puesto que lo que suele conseguirse por esta vía no es un mayor grado de justicia social, sino unos niveles generalmente insoportables de corrupción, ineficiencia y derroche, lo que acaba por empobrecer al conjunto de la población.

   Sin embargo, los liberales europeos y latinoamericanos si coinciden en un grado bastante alto con los liberales norteamericanos en materia jurídica y en ciertos temas sociales. Para el liberal norteamericano, así como para los liberales de Europa y de América Latina, el respeto de las garantías individuales y la defensa del constitucionalismo son conquistas irrenunciables de la humanidad.

¿En qué se diferencia el liberalismo de la socialdemocracia?

La socialdemocracia pone su acento en la búsqueda de una sociedad igualitaria y suele identificar los intereses del Estado con los de los sectores proletarios o asalariados. El liberalismo, en cambio, no es clasista y pone por encima de sus objetivos y valores la búsqueda de la libertad individual.

¿En qué se diferencian los liberales y los conservadores?

Aunque en el análisis económico suele haber cierta coincidencia entre liberales y conservadores, ambas corrientes se separan en lo tocante a las libertades individuales. Para los conservadores lo más importante es el orden. Los liberales están dispuestos a convivir con aquello que no les gusta, siempre capaces de tolerar respetuosamente los comportamientos sociales que se alejan de los criterios de las mayorías. Para los liberales la tolerancia es la clave de la convivencia, y la persuasión el elemento básico para el establecimiento de las jerarquías. Esa visión no siempre prevalece entre los conservadores.

¿En qué se diferencian los liberales y los Democristianos?

Aún cuando la democracia cristiana moderna no es confesional, entre sus premisas básicas está la de una cierta concepción trascendente de los seres humanos. Los liberales, en cambio, son totalmente laicos y no entran a juzgar las creencias religiosas de las personas. Se puede ser liberal y creyente, liberal y agnóstico, o liberal y ateo. La religión, sencillamente, no pertenece al mundo de las disquisiciones liberales (por lo menos en nuestros días), aunque sí es esencial para el liberal respetar profundamente este aspecto de la naturaleza humana. Por otra parte, los liberales no suelen compartir con la democracia cristiana (o por lo menos con algunas de las tendencias de ese signo) cierto dirigismo económico al que normalmente se le llama socialcristianismo.

viernes, 8 de julio de 2022

La generación bicentenario desapareció


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Es momento de calificar como "generación desaparecida" a los llamados "generación bicentenario", aquellos payasos jovenzuelos que salieron a marchar llorando por la vacancia de Martín Vizcarra, causando desmanes y atacando a la policía para permitir que la mafia caviar recapturara el poder. 

En aquella ocasión, una vez más los jóvenes hicieron el papel de tontos útiles de la izquierda. Ese parece ser su destino. Desde que entran a la universidad los infectan con el virus del progresismo y empieza su adoctrinamiento intensivo en el odio al sistema. Tras la vacancia de Vizcarra salieron a poner el pecho para que la mafia caviar recuperara el poder a cualquier costo. Nunca hubo ninguna "defensa de la democracia". Solo fue una defensa estúpida de los intereses de la mafia caviar. Los engañaron. Tampoco era la lucha contra un feroz dictador que tenía décadas oprimiendo al pueblo. Era una trifulca callejera para tumbar a un hombrecillo de pueblo salido de la nada, convertido repentinamente en presidente ocasional tras la vacancia del sinvergüenza de Vizcarra. Merino no era nadie, pero la narrativa progre lo convirtió en el artífice maléfico de un golpe, como si el pobre Merino tuviese algún liderazgo o la astucia de un Maquiavelo para controlar el voto de 105 congresistas. Absurdo. 

Pero ese fue el cuento que les contaron a estos ñaños del bicentenario para que salieran a excretar sus odios contra Merino "el dictador y golpista". Son tan ignorantes que se creen cualquier cuento que les dan como insumo para sus odios. Así los convencieron de soltar sus biberones y calzarse las zapatillas para "recuperar la democracia perdida a manos de un dictador". Nunca entendieron bien lo que pasaba en el país. Nunca supieron por qué Merino estaba con la banda presidencial. Solo repetían como zombies "Merino dictador" y "No me representa". ¿Quién podría representar bien a esta masa de borricos juveniles? No hubo que esperar mucho porque enseguida llegó el ignorante de Pedro Castillo para erigirse como su representante y presidente. Hoy deben estar felices. 

¿Dónde están ahora todos esos payasos imberbes que se creyeron hijitos predilectos de la madre patria? ¿Por qué no se ponen ahora las zapatillas para defender al país de esta banda de delincuentes e incapaces en el poder? Está desaparecidos. Nada se sabe de ellos. Y es que estos bobitos solo son arriados a las calles para defender los intereses del progresismo y de la mafia caviar oenegera. Solo para eso los convocan. Por eso salieron a defender al caviarón ministro Jaime Saavedra, gran aliado de las oenegés y los medios; a defender al fiscal de Odebrecht y admirador de los terrucos José Demente Pérez, y también a llorar por Martín Vizcarra, socio de la mafia caviar y el progresismo. Solo para esas ocasiones es que les abren las puertas del corral y los lanzan a las calles con sus pancartas. Y se creen revolucionarios.

Estos jóvenes siempre han servido como tontos útiles de la izquierda, acá y en el resto del mundo. Son fáciles de convencer y manipular con cuentos baratos. Por eso mismo los sacan una y otra vez para cacarear insultos contra Keiko y el fujimorismo, la peor amenaza de la izquierda en el siglo XXI. Para eso si fueron convocados por las oenegés pro terrucas, los centros federados, los partiduchos y movimientos de izquierda y la prensa vizcarrista. Así ha sido siempre. No son nada especiales estos jóvenes de hoy como han tratado de venderlos ciertos escribas del progresismo académico en sendos artículos farragosos de tono sociológico e histórico. Mucha gracia me causaban estos artículos que el año pasado proclamaban las grandiosas cualidades de una "nueva generación" que ha "tomado conciencia". 

¡Por favor! Esta es la peor generación de jóvenes que yo haya visto. Es la generación del Tik Tok y las redes sociales donde sus fotos y videitos ilustran toda su fatuidad, la que vive con el celular en la mano y el audífono en la oreja, desconectados de la realidad; la que aprende política con memes, la que ha sido adoctrinada por la izquierda progrecaviar y amaestrados como loros para repetir "Fujimori nunca más" y "Keiko corrupta". Esta es la generación con los mayores índices de problemas de aprendizaje y de conducta, la generación del TDAH, la generación que no lee ni comprende lo que lee, la que estudia en universidades basura o con docentes basura que han politizado la enseñanza. 

Esta generación es la de chicos que vivieron como reyes en un país con estabilidad económica y crecimiento sostenido, disfrutando de la paz, sin terrorismo ni hiperinflación ni huelgas generales. Es la generación que vivió en la abundancia, con centros comerciales modernos, supermercados abarrotados, con libre importación, Internet, electricidad y agua potable. Cosas que no habían antes de los 90. Esta generación no tiene idea de cómo suena un coche bomba, no sabe lo que es un apagón de varios días, ignora lo que es tener que estudiar con velas, nunca ha tenido que vivir con agua racionada, no sabe lo que es salir corriendo antes de la media noche para hacer cola en los grifos porque el ministro de economía acaba de soltar un paquetazo, no saben lo que es hacer cola toda la mañana para comprar dos tarros de leche y tres kilos de azúcar y arroz porque todo está racionado, no sabe lo que es vivir en una ciudad repleta de tranqueras que impiden el paso por miedo a los coches bomba.

Esta generación no tiene la puta idea de lo que nos costó recuperar la paz interna y externa, arreglar la economía, reconstruir el país y reestructurar el híper Estado quebrado. Pero en medio de su absoluta ignorancia y estupidez, y con sus cabecitas llenas de cuentos rojos, tienen el cuajo de creerse los "defensores de la democracia" cuando solo salen como borricos arriados para defender los intereses de la izquierda pro terruca, del progresismo delirante y de la mafia caviar. Lo que es a mi, esta generación me da mucha pena. Es la generación más ignorante, más engañada y manipulada de la historia.

domingo, 19 de junio de 2022

Los argumentos del progresismo

 

Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Los argumentos de izquierda agotan. No solo porque son siempre los mismos sino porque son tan burdos que da flojera responder. Pero haremos un esfuerzo educativo para aclararles el cerebro. Veamos los cuentos de izquierda que siempre se leen como comentarios en cualquier artículo progresista. 

Digamos primero que la izquierda está hecha de gente que vive eludiendo la responsabilidad. La base de su raciocinio es el clásico argumento conspiranoico que culpa al "sistema" de todos los males de la sociedad: los abusos, la desigualdad, el racismo, la usura, le envidia, los celos y hasta los juanetes. Es decir, todos los males que carga la humanidad desde que apareció en este planeta, y que la historia registra desde antes de la aparición del capitalismo, son achacados por nuestros ingeniosos progres al "sistema", "el sistema neoliberal", el Satanás que debe combatirse con agua bendita socialista para que todo sea felicidad.

El primer error infantil del progresismo es confundir la naturaleza humana con el capitalismo. El capitalismo no creó el afán de lucro, el egoísmo, el deseo de superación, la ambición, la especulación, el riesgo, la usura, etc. Nada de eso es una creación del capitalismo sino todo lo contrario: el capitalismo es consecuencia de todos esos rasgos naturales de la humanidad, que son además los que han permitido el progreso, junto con otros componentes, claro está, entre los que se debe mencionar la libertad en primer lugar. El segundo error es anular todas estas características humanas creyendo que así se combate el capitalismo. Hacerlo no es combatir el capitalismo sino al mismo ser humano, y es precisamente lo primero que hacen los regímenes socialistas en aras de una sociedad utópica, donde no exista lo que llaman equivocadamente "lastres del capitalismo". Lo único que genera el socialismo es una sociedad castrada, sometida, anulada en sus virtudes y fortalezas, convertida en un corral de borregos sin iniciativa ni esperanzas ni ambiciones ni sueños, resignada a vivir alimentada por la mano de un tirano, como ocurre en Cuba y terminará ocurriendo en Venezuela, y ocurre cada vez más en la Argentina kirchnerista.

Sin embargo, otro error del progresismo es esquivar las culpas. Después de todo, son campeones esquivando responsabilidades. Siempre salen con cosas como "nunca hubo verdadero comunismo" o "nunca gobernó la izquierda". También afirman que el fracaso cubano es culpa del bloqueo norteamericano y que la crisis de Venezuela es un complot de la derecha, y dijeron lo mismo en los días en que Allende destrozaba Chile con sus experimentos comunistas. No, la izquierda nunca se equivoca, nunca han fracaso, jamás gobernó. Y lo mismo dicen en el Perú: la izquierda nunca gobernó. Bueno, aparte de esquivar culpas, esto es la tradicional ignorancia que suele ser parte del progresismo. No solo ya olvidaron quién es Abimael Guzmán sino que ignoran a Velasco Alvarado.

Así como muchos progres sostienen que el actual modelo es el implantado por Alberto Fujimori en los 90, y que nos ha permitido reducir la pobreza del 60% al 22% ampliando la clase media y mejorando el nivel de vida de millones, aun en los Andes, donde por fin hay un sector agrícola exportador, también podemos decir que el Perú sucumbió al modelo implantado por Velasco en los 70, con la funesta asesoría de connotados ideólogos marxistas, quienes montaron las tesis del socialismo eliminando y mellando la propiedad y la libertad. De modo que nadie puede decir que la izquierda no gobernó. No lo hicieron a través de un partido como el chavismo, pero implantaron casi todas las recetas del chavismo con el velascato, al punto que Hugo Chávez las aprendió acá en esos días. El chavismo no es más que un velasquismo del siglo XXI.

Pero lo más nefasto de la izquierda en el Perú es que mucho de ese modelo de los 70 sigue en pie. No todo se pudo revertir o no se quiso revertir. Además, hay cosas irreversibles, como la deuda agraria y los líos de propiedad de la industria azucarera, que nunca volverá a alcanzar el esplendor que tuvo en los años 60. También queda una mentalidad absurda en contra de la privatización de bienes y servicios que el Estado maneja y brinda en pésimas condiciones, apelando al discurso que el velascato impuso como dogma: el nacionalismo, los sectores estratégicos, garantizar la alimentación, y varias otras panfletadas por el estilo que los tontos repiten como loros, sin conciencia de la idiotez que dicen.

De modo que ese estribillo cansado del progresismo de que la derecha siempre gobernó es inexacto. Acá la derecha nunca ha tenido huevos para ir en contra del pensamiento políticamente correcto impuesto por el progresismo y la caviarada. ¿No están allí los mamarrachos ministeriales de cultura y del ambiente? ¿No les dieron gusto con el bodrio del Ministerio de la Mujer? Y eso lo hizo Fujimori. ¿Acaso no les dieron gusto para formar su circo de la Comisión de la Verdad para lavarle la cara a la izquierda violentista setentera, precursora del terrorismo? ¿No tienen ahora ese mamarracho ridículo del Museo de la Memoria, Tolerancia y de la Inclusión Social? No pudieron ponerle un nombrecito más huachafo. ¿No les dieron gusto eliminando la Ley Pulpín por una pataleta de niño malcriado?

De manera que no me vengan con ese cuento de que la derecha siempre gobernó y que la izquierda nunca gobernó. Ese discursito es solo para tontines que acaban de abrir los ojos y no han aprendido nada de la vida, pero ya creen que pueden dar cátedra cacareando consignas con el puño en alto. La izquierda siempre ha estado presente como un lastre de la política. Tienen peso en los medios donde los caviares abunda en columnas sobrevaluadas. Detrás de su disfraz de defensores de causas nobles y justas, influyen en las políticas públicas y en las promesas electorales. Llegamos al colmo en que todo el mundo se declara de izquierda y acaban infectando sus planchas y listas con especímenes rojos, como si fueran condimento del sancochado electoral. Lo que sobra en este país es gentita de izquierda. Lo que nos falta es gente que tenga los cojones para declararse de derecha y pensar como liberal. Así que cuando alguien me dice que es de izquierda, yo solo puedo sonreirme porque no hay nada más barato, simplón y vulgar que ser de izquierda y pensar como un súper héroe social que quiere salvar el planeta.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Tipología de la izquierda peruana


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

¿No les parece sospechoso que todo el mundo quiera ser de izquierda? Calabacitas de la TV afirman que ser de izquierda es "querer el bien para todos". Hasta el cocinero Gastón Acurio dice que "ser de izquierda es un deber moral". Algo pasa que la gente cree que ser de izquierda es la posición correcta en la vida, lo más cool, la pose buena. Parece que las mamás ya no les dicen a sus hijos que sean buenos chicos sino que sean de izquierda. Más o menos esta es la idea que prima en un gran sector de nuestra chibolería. Resulta que en la izquierda encontramos una galería de lunáticos que van desde Abimael Guzmán hasta las candorosas niñas anti Keiko que marchan por causas que ellas misma no entienden ni conocen bien.

La izquierda es como un manicomio en donde cada quien padece su propio trastorno mental. Hay de todo. Así que para tratar de ubicarnos en ese terreno haremos una especie de guía. Puede servirle a la gente que dice ser de izquierda para ubicarse en alguna de estas categorías, aunque algunas ya se están extinguiendo:

a) La izquierda romántica y cojuda.- Creen que si sienten pena por los pobres ya son de izquierda; si le gustan los animales creen que son de izquierda, si les preocupa el planeta están convencidos de que son de izquierda. Si están a favor de causas lindas como la justicia, los derechos, la igualdad, en contra de la discriminación y creen que la política debe consistir en ayudar a los más pobres, entonces ya ni hablar, definitivamente sienten que deben ser de izquierda. La verdad es que no les gusta ni les interesa la política, sobre política no saben absolutamente nada, pero se declaran de izquierda.

Son amantes de los lindos pensamientos y frases cursis que publican en su Facebook. Creen que pueden resolver todos los problemas con una marcha, una caminata, una maratón, un plantón, una vigilia, una bicicleteada o un apagón de una hora, mientras se toman selfies en cada actividad.

Les encanta marchar con sus pancartas y polos especialmente diseñados para la ocasión de la protesta. Son pacifistas inocentones que creen en el arrepentimiento de los terroristas, que la violencia del terrorismo fue por causa de la pobreza y que los malos fueron los militares

b) La izquierda caviar y snob.- Creen que la izquierda es una pose intelectual, que declararse de izquierda les otorga caché y los convierte en "progresistas". Conocidos también como "progres", están en contra de toda sombra y gesto de discriminación social y viven atentos a todo acto sospechoso de discriminación y racismo para montar una telenovela de varios días. Odian ver gente blanca y deliran por los nativos, indígenas y adoran el quechua.

Son limeños blanquiñosos, originalmente miraflorinos, hoy expandidos por Surco y La Molina, conocen la sierra por turismo y a los cholos por foto, pero escriben libros enteros acerca del cholo. Apoyan todas las causas que signifiquen odio al sistema y sus nombres aparecen en cuanto comunicado se publica para apoyar causas nobles o rechazar atentados a la ética.

Son apitucados, hijitos e hijitas de papá y mamá, niños bien, estudiantes cumplidores y casi todos profesionales de buena universidad, ricachones intelectualoides con sentimientos de culpa y traumas sociales, que tratan de expiar sus pecados veniales mediante la prédica social, generalmente a través de artículos en sus columnas o entregados al activismo social.

En general los caviares son de buenos gustos y de buena vida, habitúes de los cafés más fichos de Lima. Se les ve siempre posando con un libro reciente sobre la mesa o sobre el asiento del auto. Muchos han ejercido alguna función pública o están permanentemente dispuestos a ofrecerse como ministros. Mientras tanto, adoptan el papel de tribunos, dueños de la conciencia social del país desde la comodidad de su oficina, escritorio, buffete o buró. Algunos son consumados blogueros o tuitean obsesivamente desde sus smartphones.

c) La izquierda ignorante y placera.- Estos ni siquiera saben a qué lado está la izquierda. Socialmente son el reverso de los caviares. Pertenecen a una sufrida clase media, emergente y rencorosa y se han creído todos los cuentos de los agitadores políticos marxistas. Creen que el hecho de ser trabajadores asalariados los hace seres explotados y, por ende, de izquierda, y que para ejercer su derecho al reclamo tienen que militar en la izquierda radical.

Son la clientela predilecta de los predicadores marxistas. Desconfían de los caviares porque no los entienden ni los leen. Prefieren creerle a los agitadores sociales que los llenan de consignas y de mentiras, guiándolos por el camino de la subversión. Sueñan con llegar a la política mediante la acción sindical. Su manera de hacerse notar es apelando a la violencia en sus marchas ruidosas. Conciben que su única posibilidad de reivindicación es la lucha callejera y cuanto más violenta mejor.

Son pendencieros, manipuladores, oportunistas y corruptos, saltimbanquis, tránsfugas, mataperros y trepadores, capaces de cualquier fechoría cojuda por ganarse alguito. A falta de argumentos y de versación intelectual, prefieren las acciones directas. Se manejan a base de consignas, clichés y fórmulas conceptuales que les sirven como todo sustento de raciocinio.

d) La vieja izquierda intelectual.- Ancianos víctimas de su época. Educados en la escuela marxista, dominante en todas las ciencias sociales durante el siglo XX. Preocupados por explicar la realidad nacional desde la perspectiva del materialismo histórico, la mayoría de ellos cayó en la tentación de apegarse al simplismo de las fórmulas marxistas, propias de la Era Industrial del siglo XIX, cuando el Perú nunca tuvo una Era Industrial.

Concibieron el escenario político nacional como si se tratara de una novela de Ian Flemming, manejada por los oscuros intereses de un Poder Mundial, cuyos torcidos y caprichosos designios son los únicos causantes de la situación de pobreza y postergación de los indios, y del Perú en general. Con esta tesis alimentaron a través de sus libros y teorías el ambiente académico.

Sirvieron como referentes para algunos gobiernos, sobre todo el de Velasco Alvarado, y para toda la generación de izquierda de los 70 y 80 incluyendo Sendero Luminoso. Hoy se mantienen calladitos, pero de cuando en cuando aparecen con sus pergaminos desenrollados para dictar cátedra, como cuando intentaron servir de asesores a Ollanta Humala o cuando escriben algún artículo que resalta como el medallón de la abuela en el fondo del baúl para defender a la CVR.

e) La izquierda delirante.- Dementes alienados con ideología anti. Alucinados que conciben toda la realidad como nefasta. Viven todavía detrás de la cortina de hierro. Están cargados de odio de clase. Repiten como loros sus doctrinas políticas que memorizan como una oración para cacarearlas de memoria.

Se organizan en agrupaciones que conservan un rígido esquema, incluyendo uniformes, consignas, himnos y rituales donde predomina un abominable color rojo. Consideran que todos los demás están equivocados, que son pecadores, infieles y dignos de castigo.

En su empeño por conseguir el pensamiento marxista más puro, llegan a dividirse en facciones incontables, acusándose mutuamente de revisionistas o desviacionistas. Su símbolo sigue siendo la hoz y el martillo, y sus banderas todavía muestran a Marx y al Che. Flamean sus banderas rojas indiferentes al fracaso mundial del comunismo.

Suelen salir de sus cavernas con sus banderas rojas cada vez que se presenta la ocasión, como cuando la izquierda convoca a sus insufribles marchas. Allí flamean sus banderas rojas y otras con el rostro del Che.

f) La izquierda asolapada.- Extremistas del ayer, fracasados, arrepentidos y frustrados, que hoy viven como asesores y consultores, defensores de algo. Son oenegientos, derechohumanistas, ambientalistas y otros ismos de moda.

Incluso son ahora expertos senderólogos que se prestan como opinantes ante los medios. Sobrevivientes del cataclismo mundial de la izquierda, luego de la caída del Muro de Berlín, hoy reptan camuflados en una nueva actividad aparentemente no política. Ocultan su pasado como si fuera un tatuaje de la hoz y el martillo en la palma de la mano donde reciben sus cheques.

Algunos llegaron tarde a la política y se quedaron con las ganas, pues el comunismo mundial se derrumbó antes de que pudieran hacerse famosos. Ahora se consuelan defendiendo a la dictadura cubana y simpatizando con todos los extremistas mundiales, desde Noam Chokmsky hasta Naomi Klein. Difunden los ideales bolivarianos de Hugo Chávez y las ideas de Paul Krugman. Han transformado el activismo político en activismo social a través de lo que llaman candorosamente "la sociedad civil". Hacen política sin caer en la política porque se disfrazan de académicos opinantes. Su emblema puede ser una flor, un planeta, un sol radiante. Sus organizaciones tienen nombres de nido, como "mundo feliz" o Frente Amplio "por la justicia, la vida y la libertad".

Están atentos a lo que ocurre con los presos por terrorismo y claman venganza contra los militares y fujimoristas, pero siempre bajo la mascarada de los DDHH y la reconciliación nacional.

Utilice esta guía para ubicar a cualquier izquierdista que salga por ahí con sus escritos o consignas. Si usted se siente de izquierda, ya puede elegir a qué clase pertenece. Lo mejor sería exorcizar a la sociedad peruana. Por lo menos vacune a sus hijos contra la fiebre de estupidez izquierdista. Los libros son una buena cura.